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artículos / La poesía española en el arranque del S. XXI

                                                                                                                                 



La poesía española en el arranque del S. XXI

Abril de 2000.



          No es infrecuente, entre los críticos literarios y teóricos de la poesía, esgrimir argumentos de dudosa legibilidad acerca del quehacer poético que en poco o nada nos ayudan a esclarecer sus claves. No es este el caso de Carlos Bousoño cuando argumenta sobre lo que, en su opinión ¾que comparto¾,  serían las condiciones ineludibles para que emerja la gran poesía. Según el poeta y profesor, el gran poeta, además de nacer y hacerse como tal, se da cuando el autor tiene una biografía que le lleva a vivir con intensidad los sentimientos esenciales de su momento histórico, y cuando las claves antropológicas de este momento histórico facilitan el fluir de su sentir poético. De esta manera, una percepción reducida del concepto de razón: la razón físico-matemática, favoreció la inexistencia de gran poesía en nuestra tradición literaria durante el siglo XVIII, de la misma manera que la crisis de esta concepción nos ha procurado gran poesía prácticamente en todas las lenguas durante el siglo XX, lo que no había sucedido en ningún otro periodo de la historia (recordemos que el renacimiento fue italiano ¾y por influencia español¾, que el barroco fue español, y que el romanticismo fue alemán e inglés y, en alguna medida, italiano ¾Leopardi¾ ).

            ¿Y el momento actual? ¿Podemos considerar que ahora que el siglo expira, y atisbamos los albores del siglo XXI, vivimos un buen momento para la poesía? A juzgar por lo que escriben los poetas españoles de las última generaciones, me atrevo a concluir que el estado actual de la poesía transita por un momento de calma tensa, en el que, asumidos los hallazgos de la revolución surrealista, y aceptado por parte de casi todos ¾en gran medida debido a la influencia decisiva de la «promoción del 50»¾ que la poesía además de comunicación es vehículo del conocimiento, los poetas se dirimen entre la tibieza y desorientación del nuevo orden y lo políticamente correcto, y la premura de urdir su voz en las preocupaciones esenciales del ser humano.

Es este el caso de poetas de sesgo tan distinto como Julio Martínez Mesanza y Leopoldo Sánchez Torre, que comenzaron a publicar en la década de los ochenta. Así, el primero de ellos nos recuerda en el poema «[Después de haberme dicho muchas veces]» de su ya dilatado ciclo poético Europa, y en el estilo épico que le caracteriza, el dramatismo con el que se concibe como testigo incuestionable de la situación que se ha descrito:

 

 

Después de haberme dicho muchas veces

que debería mirar de otra manera

las cosas, y que a nada conducía,

o tan sólo a pobreza y paranoia,

hacer frente al poder organizado

de los inicuos, tomo nuevamente

las armas y, en constante desacuerdo

con el mundo, me enfrento al sincretismo,

a toda ambigüedad y a la tibieza.

  

 

          De manera muy otra, y de forma aparentemente confesional ¾pues tal y como el propio poeta ha declarado en más de una ocasión: «una cosa es el hombre y otra el sujeto esencialmente lingüístico que asume la enunciación del producto estético que aquél ha creado»¾, el sujeto lírico del poema de Leopoldo Sánchez Torre «Algún fiel eco, algún fracaso» (Los días perdidos, 1985) da fe del marasmo de soledad y frío que desencadenan la ambigüedad y la tibieza que caracterizan al hombre contemporáneo:

 

 

       Algún fiel eco, algún fracaso

 

De cuantos versos ha escrito, adolescente,

y luego ha roto (tal vez porque la vida

ha desdeñado y su misterio), apenas si recuerda

algún fiel eco, algún fracaso:

                                       es domingo

en su cuarto, y las voces de la calle

van cubriendo poco a poco la neblina

de la música;

                  pasea por los parques

solitarios del invierno, mientras roza

con sus labios el pulso de la lluvia

y su insistencia;

                      conversa hasta muy tarde

con sus libros, toma el tren

muy de mañana y muy cansado,

vuelve a casa:

                    sigue solo.

                                   Sigue solo,

con la misma soledad y el mismo frío.

 

 

            De esta manera, es razonable pensar que el estado poético actual, que asume felizmente las dos condiciones últimas a las que alude Carlos Bousoño ¾y menos las dos primeras¾, nos permita albergar esperanzas respecto de la poesía que se escribirá en el próximo milenio. No obstante, resulta inquietante lo lejanos que nos quedan ya en el tiempo poemas como «Alto jornal» (Conjuros, 1958) de Claudio Rodríguez, que con encomiable valor formal, arriesgan juicios constructivos y certeros sobre lo real, y nos embriagan como un bálsamo benefactor que nos revela el poder de la palabra poética para hacernos comulgar con el mundo:

 

 

                    Alto jornal

 

Dichoso el que un buen día sale humilde

y se va por la calle, como tantos

días más de su vida, y no lo espera

y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto

y ve, pone el oído al mundo y oye,

anda, y siente subirle entre los pasos

el amor de la tierra, y sigue, y abre

su taller verdadero, y en sus manos

brilla limpio su oficio, y nos lo entrega

de corazón porque ama, y va al trabajo

temblando como un niño que comulga

mas sin caber en el pellejo, y cuando

se ha dado cuenta al fin de lo sencillo

que ha sido todo, ya el jornal ganado,

vuelve a su casa alegre y siente que alguien

empuña su aldabón, y no es en vano.


 

          Por esta razón, ante la situación que se ha descrito, sólo cabe confiar en que tales esperanzas no se desvanezcan en el panorama de globalización que se avecina, que no debiera preocuparnos si no fuera por el nihilismo que lo nutre, y que lamentablemente ha hecho también mella en otras artes ¾por ejemplo, la pintura¾ , a la espera de una recuperación que, hoy por hoy, se hace esperar.