
Un reflejo delatando sombras proyectadas desde algún voladizo, un frenazo en la geometría de un coche haciendo la rotonda.
Quietos quicios de luz y el sol basculando sus agujas.
Algunos giros, algunos cambios de marcha, cuando se abran los semáforos y caigan rayos en el lado opuesto del chasis.
La tarde inaugurada desvelará la inocencia de los parachoques traseros, y las huellas de sus golpes en el oleaje de las respiraciones.
La tarde inaugurada dibujará su sábana virginal, depositando sus labios más secretos en la tensión de la monotonía.
Oficinas vertebrando la nuca de las nubes, pájaros de gas emitiendo su luz desde las plantas.
Son el inciso abierto en la pantalla del retrovisor, cuando anchas ventanillas encuentran la onda de una brisa, y descubren la lengua del asfalto recostada a derecha e izquierda entre meandros de humanidad.
Son carreteras como venas capilares, entre urbanizaciones de bajo coste y proyectos de construcción.
Entre lagos de silencio donde bulle el transcurrir de vidas plateadas.
III
El parpadeo de los árboles mueve el filo de las hojas, agitando polillas de sencillez entre las grietas del asfalto. Pequeñas ráfagas de aire sobrevolando la trayectoria de tu coche, apremiando el vientre de los dedos que con firmeza te conducen.
No es el cuadro de mandos, ni su túnica de polvo, ni las alfombras desportilladas, donde un velo de cordura equilibra los sentidos y una elocuente calma pulsa la monotonía. Es la quietud de los encuentros mejores, cuando un golpe de realidad interroga tu mirada, y un ámbito de misterio llena el cuenco de las dudas.
Cuando un calor resquebrajado dialoga con el arco de tus deseos, y esas manos al volante, sedientas y al acecho, se festejan libres en una calzada que de completa ofende.
