Recursos para el estudiante / El amor en "La Celestina"



El amor como enfermedad y el amor sexual en La Celestina, y la relación con otras formas de tratamiento del amor en la literatura medieval

Los distintos aspectos del amor que se tratan como tema en la Celestina son fundamentalmente tres: el amor como negocio, el amor como enfermedad (aegritudo amoris) y la pasión sexual. De todos ellos es posible encontrar numerosos ejemplos a lo largo de la obra. Así, el tema del amor como negocio se encuentra abundantemente tratado entre las escenas 4ª, 5ª, 7ª, 8ª, 9ª y 10ª del Acto I, y en la escena 1ª del acto VIII. A la enfermedad del amor, que padecen Calisto y Melibea, se alude desde antes de comenzar la acción de la novela, justo después del poema acróstico en la Comedia, o del segundo prólogo en el caso de la Tragicomedia, y justo antes del resumen del argumento de la obra que antecede al primer acto en ambos casos.  A partir de este momento, la locura de amor es un tema recurrente que aparece entre las escenas 1ª, 2ª, 3ª, 4ª  del acto I, 3ª del acto II, 1ª, 2ª, 3ª  del acto X y 3ª del acto XI, ya que, como se dice en el citado texto preliminar, la obra fue «compuesta en reprensión de los locos enamorados que, vencidos de su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios.» (La Celestina. Fernando de Rojas. Edición de Marta Haro Cortés y Juan Carlos Conde.  Castalia, Castalia Didáctica, 2002, pág. 111). Por último, la pasión sexual aparece en numerosas escenas con distintos grados de intensidad y desarrollo. A veces sólo esbozada, otras ampliamente enunciada, la encontramos entre las es escenas 4ª y 5ª del acto I, 1ª del acto III, 5ª del acto IV, 2ª y 3ª del acto VII, 1ª del acto VIII, 2ª del acto IX, 3ª y 4ª del acto XIV, y 2ª y 3ª del acto XIX.

 

En las escenas que tratan en mayor o menor medida la enfermedad de amor, el trato entre Calsito y Melibea se expone como una relación amorosa dibujada como pasión, entroncando con la tradición del aegritudo amoris o enfermedad del amor. Esta enfermedad del amor nace a partir de la contemplación de la persona del sexo opuesto cuyo recuerdo pronto se convierte en idea obsesiva, como le sucede a Calisto en la escena 1ª del acto I, o como reconoce Melibea que le sucedió cuando conoció a Calisto en la 1ª escena del Acto X. De esta manera, el comportamiento del enamorado queda supeditado a su deseo de verse correspondido por la persona amada, primando la voluntad y la pasión sobre la razón y el juicio. Esta percepción del amor como una enfermedad se manifiesta en síntomas que son casi una constante en la tradición literaria medieval de la aegritudo amoris. El enfermo de amor padece insomnio, falta de apetito, sufre crisis de llanto o risa, suspira profundamente, el ritmo se le acelera y su respiración se torna irregular, se le mueven con velocidad los párpados, y únicamente se encuentra a gusto cuando se habla de su amor. Sólo le interesa este tema, de tal manera que todo lo demás le molesta y perturba. La muerte de amor, si no encuentra remedio a su obsesiva pasión, es un hecho probable al que hay que poner remedio. Para ello, las soluciones que se proponen es la posesión de la persona amada; evitarla en el pensamiento haciendo hincapié en la caducidad de su belleza o despotricando sobre ella; o haciendo un largo viaje que distraiga al siervo del amor. En el caso de nuestra novela, Calisto, aquejado de este mal tras el primer encuentro con Melibea, da muestras de los primeros síntomas ya en la 3ª escena del acto I. En ella se narra como pierde la alegría y, lo más grave, el juicio: «¿Quál fue tan contrario acontecimiento que así presto robó el alegría de este hombre, y lo que peor es, junto con ella el seso?» (op. cit., pág. 121). Se cuenta también como Sempronio, su criado, teme por la vida de su señor pues sospecha pueda ponerle fin o incluso verse él mismo agredido: «Si le dexo,matarse ha, si entro allá, matarme ha.» (op. cit., pág. 121). Asimismo se explica como Calisto no se deja aconsejar: «Quiero entrar. Más puesto que entre, no quiere consolación ni consejo.» (op. cit., pág. 122); y, por último, como llora: «dexemos llorar al que dolor tiene» (op. cit., pág. 122). A tales cuitas de dolor responderá Sempronio tratando de consolar a Calisto, dejando que éste se desahogue y hable de su mal, uno de los remedios de amor preceptuados por Ovidio en su Remedia amoris. El mal es de tal guisa que Calisto llega incluso a reconocer que su razón ya no controla su voluntad «¿Cómo sentirá el armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la voluntad a la razón no obedece […]?» (op. cit., pág. 122). Incluso la referencia a la música no es gratuita, ya que es uno de los tratamientos especificados por los médicos medievales para curar la melancolía. Sin embargo, Calisto, consciente de su desequilibrio interior provocado por su pasión amorosa, quiere oír una canción triste, no como remedio, sino como prolongación de su ánimo: «Pero tañe y canta la canción más triste que sepas» (op. cit., pág. 123). En este contexto, la narración entra en la escena 4ª en la que, lejos de arreglarse la situción, Calisto se obstina en su enajenación desoyendo a Sempronio cuando le reprende por ello: «SEMPRONIO.Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cativa. CALSITO.Poco sabes de firmeza.» (op. cit., pág. 127). Por eso Sempronio se dedicará a lo largo de esta escena a incidir en la práctica de los más conocidos remedia amoris. En primer lugar teorizará sobre la imperfección de la mujer, idea que proviene de Aristótles que consideraba a la mujer como un hombre estropeado o incompleto, procurando desprestigiarla para romper el halo idealizador que ciega a Calisto: «SEMPRONIO.Dixe que tú, que tienes más coraçón que Nembrot ni Alexandre, desesperas de alcançar una muger, muchas de las cuales en grandes estados constituidas, se sometieron a los pechos y resollos de viles azemileros, y a otros brutos animales. ¿No has leýdo de Persife con el toro, de Minerva con el can?» (op. cit., pág. 127). Como quiera que la tentativa de Sempronio de disuadir a su amo resulta fallida, éste propone a Calisto otra posibilidad de sanar, que consiste en la contratación de Celestina para que se encargue de ganarle la dama en su favor. Con esta estratagema Sempronio determina también sacar provecho económico de la locura amorosa de Calsito.

 

     El caso de Melibea no es distinto. A pesar de que rechaza las pretensiones de Calisto en un principio, finalmente sucumbe al mal de amor. Las escenas 1ª y 2ª del acto X así lo corroboran. En ellas, se reconoce enamorada de Calisto y aquejada del mal de amor desde el principio: «[…] de parte de aquel señor, cuya vista me cativó, me fue rogado, y contentarle a él y sanar a mí […]» (op. cit., págs. 335-336); «No sé si habrás barruntado de dónde procede mi dolor. ¡O, si ya viniesses con aquella medianera de mi salud!» (op. cit., pág. 337). De hecho, Melibea exterioriza algunos de sus síntomas: «CELESTINA.—¿Qué es, señora, tu mal, que assí muestra las señas de su tormento en las coloradas colores de tu gesto? MELIBEA.—Madre mía, que me comen este coraçón serpientes dentro de mi cuerpo» (op. cit., pág. 338), para los que pide remedio a Celestina:  «Pues, por amor de Dios, te despojas para más diligente entender en mi mal, y me des algún remedio» (op. cit., pág. 340). En virtud de esta demanda Celestina le reclama que le especifique la localización, duración y causa del dolor para así poder determinar qué mal padece y aplicar un tratamiento. Melibea confiesa que su mal es en el seno izquierdo (el corazón), es la primera vez que lo siente, y la causa es la petición que realizó Celestina de parte de Calisto. Para impacientar a la joven y corroborar el diagnóstico con intención de conseguir de ella lo que se propone, Celestina entretiene su repuesta con un hermoso parlamento de temática médica sobre cómo aquietar a los pacientes: «haz para tus manos y pies una ligadura de sosiego, para tus ojos una cobertura de piedad, para tu lengua un freno de silencio, para tus oýdos unos algodones de sufrimiento y paciencia, y verás obrar a la antigua maestra destas llagas» (op. cit., pág. 337); y el efecto es tal que la criada de Melibea, Lucrecia, se apresura a manifestar: «El seso tiene perdido mi señora. Gran mal es éste. Cativado le ha esta fechizera» (op. cit., pág. 344). Ya en la escena 3ª, Celestina le manifiesta a Melibea que debe corresponder el amor de Calisto para quedar curada: «No concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua decir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si conocido fuesse» (op. cit., pág. 345).

 

En cuanto a las escenas que reflejan el amor sexual como tema, destacan las relaciones amorosas de los criados, generalmente presididas por la pasión sexual y los intereses personales. Las jóvenes prostitutas, Elicia y Areusa, viven de comerciar con el sexo y conciben este negocio como una forma de obtener dinero y placer. Los criados, Sempronio y Pármeno, viven la relación con ellas sin reparar en sus infidelidades y engaños, persiguiendo por encima de todo el goce sexual. Así, en la escena 5 del acto I, se narra como a la llegada de Sempronio a casa de Celestina Elicia esconde al amante con el que se encuentra, Crito, al que a su vez engaña sobre la naturaleza del visitante del que se ha de esconder: «CELESTINA (Aparte). Mételo en la camarilla de las escobas. ¡Presto! Dile que viene tu primo y mi familiar.» (op. cit., pág. 141). Los aparentes celos mutuos que dejan traslucir más adelante en la escena no resultan demasiado creíbles y casi parecen confirmar su deseo de no reparar en las infidelidades para poder seguir gozando de ese tipo de relación. Sea como fuere, en la Celestina son sobre todo los criados los que muestran abiertamente el deseo sexual aportando a la narración fuertes dosis de erotismo, como sucede en el primer encuentro entre Pármeno y Areúsa en la escena 3 del acto VII, cuyos preliminares contempla Celestina: «Voyme que me hazés dentera con besar y retoçar» (op. cit., pág. 296). Otro aspecto relevante de la pasión sexual en la obra es el paralelismo que existe entre la relación amorosa de Caslito y Melibea y la de Pármeno y Areúsa, ya que ambas se llevan a cabo por mediación de Celestina, y en todos los casos, tanto Calisto como Pármeno arden en deseos de poseer a sus respectivas enamoradas, frente, por ejemplo, a Sempronio, cuya pasión sexual se dibuja con más freno. También resulta interesante la plasmación del deseo sexual que aparece en la Celestina cuando este no es satisfecho. Este se personifica en la persona de Lucrecia, que tiene que conformarse con ver gozar a los demás. No es que no desee tales relaciones, sino que al vivir en casa de sus señores tiene muy limitados sus movimientos. Esto es especialmente patente cuando Calisto es acompañado por sus criados Sosias y Tristán al huerto de Melibea, circunstancia que propicia que Lucrecia manifieste su deseo de ser amada por los criados mientras oye gozar a su señora: «¡Que me esté yo deshaciendo de dentera, y ella esquivándose por que la rueguen! Ya, ya, apaciguado es el ruido: no ovieron menester departidores. Pero también me lo haría yo, si estos necios de sus criados me fablassen entre día; pero esperan que los tengo de ir a buscar» (op. cit., pág. 459). Este particular es especialmente destacado en el personaje de la propia Celestina, que mediante la contemplación de la relación amorosa prolonga a su manera su vida sexual, a la que con tanta profusión se dedicaba en su juventud cuando ejercía como prostituta. Un caso patente es el de la escena 3ª del acto VII en el que Areúsa denuncia precisamente esa actitud de la vieja: «¡Assí goze de mí, de casa me salga si, fasta que Celestina, mi tia sea yda, a mi ropa tocas!» (op. cit., pág. 295).

 

En cuanto al amor humano idealizado como se da en otras obras de la literatura medieval, a saber: el buen amor, que es el que se custodia en la relación conyugal (sin quedar aclarada del todo la justificación o repulsa de la relación de barraganía) del Libro de Buen Amor, o el amor cortés de los poetas de cancionero, y tratado como ideal (por cuanto tiene de idea superior que define al ser humano) e imposible (por lo que conlleva de aegritudo amoris) en Cárcel de amor, podemos establecer semejanzas y, sobre todo, diferencias. De hecho, éstas últimas son especialmente relevantes en el código del amor cortesano que también impregna la idealización del amor de Cárcel de Diego de San Pedro. Para ello, baste analizar el comportamiento respecto del amor de los dos protagonistas de la la Celestina.

 

Si reparamos en la actitud de Calisto frente al amor, nos damos cuenta de que su actuación nos es presentada como una parodia del código amoroso. Así, siguiendo el desenlace trágico trazado por el autor, Calisto quebranta le código del amor cortesano y las normas de la moral cristiana. Ya en su primera declaración se muestra a Calsito como un enamorado temerario y desconsiderado. Inicia el diálogo precipitadamente. Se salta el periodo largo de la espera, silencio y paciencia, y proclama sus sentimientos de amor por Melibea sin tapujos en el mismo huerto donde la conoce, a lo que le sucede la enfermedad del mal de amor que descubre Sempronio. No obstante, a medida que Calsito va sufriendo su dolor, sí que aparecen ciertos aspectos del amor cortesano. De esta forma, él no sólo es una víctima de la belleza, sino que la dama que la encarna es un ser superior ante la que se humilla y a la que adora como a un Dios. A su vez, en la escena 2ª del acto VI, Calisto compara el sufrimiento del enamorado con la pasión de Cristo, utilizando la retórica cortesana de la herejía de amor. Sin embargo, estos comportamientos no nos permiten decir que la actitud de Calisto sea en esencia la de un amante cortesano. No demuestra devoción de «amor puro» con un casto y puro «alejamiento». En el misma escena 2ª del acto VI, llevado por su deseo y excitación, está dispuesto a pasar por alto el secreto amoroso de mantener oculta la identidad de la amada para salvaguardar su honra. No se considera bendecido con su «sufrimiento», ni piensa en legitimar su amor casándose, aunque sea de forma clandestina. Al final, todo se precipita en la obra, cuyo horizonte final, ante tanto despropósito, es la muerte. Se consuma así el fracaso de la tensión ideal del amor en la figura de Calisto, y se ahonda en el mensaje con el que se abre el libro, ya mencionado anteriormente: «compuesta en reprensión de los locos enamorados que, vencidos de su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios» (op. cit., pág. 111).

 

En cuanto a Melibea, si bien al principio parece regirse por las reglas del amor cortés, al final acaba comportándose igual que Calisto, con lo que su personaje sirve también al propósito general de la obra de parodiar el amor cortés. En concreto en el primer encuentro entre Calisto y Melibea la cortesía y control debido están ausentes en ambas partes. Tal y como se decía anteriormente, Calisto inicia el diálogo con demasiada premura. A su vez, Melibea parece convidarle a seguir, interrumpiéndole, no para cortarle, sino para hacerle una pregunta que anima aún más a Calisto. Si bien es cierto que al final de la declaración reacciona de forma airada, no es menos cierto que Melibea parece flirtear desde el primer momento, ya que incita a Calisto con sus preguntas. En definitiva, no actúa con la discreción ni mesura que toda dama debe tener. De hecho, la defensa final que hace de su honra no resulta convincente, ya que en lugar de dar por concluida la conversación al darse cuenta de las intenciones de Calisto, coquetea con preguntas y promesas. Este carácter del amor de Melibea no concordante con el amor cortés, se confirma en el acto XIV cuando se entrega a Calisto. Por descontado, Melibea tampoco reclama el matrimonio clandestino y concierta más encuentros sexuales con Calsito: «sea tu venida por este secreto lugar, a la mesma ora, por que siempre te espere apercibida del gozo con que quedo esperando las venideras noches.» (op. cit., pág. 407).