Recursos para el estudiante / Estudio de los poemas laudatorios en "Poesía de cancionero"




Estudio de los poemas laudatorios en la antología Poesía de cancionero  (Madrid, Cátedra, 1991)


En la antología de Poesía de cancionero es posible encontrar poemas laudatorios de muy diversa índole. Hay loas a personajes históricos más o menos explícitas en los números 12, 38, 65, 78, 87, 89 y 124; a familiares del poeta, en el 36; a damas en general, sin que ello signifique necesariamente que se dirigen a la mujer amada (aunque tampoco puede descartarse que así no sea) en el 31 y el 91;  a ciudades, en el 5; e incluso a la Estrella Diana, en el número 11. A su vez, en la órbita de los poemas laudatorios, sin llegar a serlos del todo, existen composiciones de carácter suplicatorio, ya que la loa persigue obtener un beneficio de un personaje al que se le solicita algo. Tal es el caso de los números 9 y 90. Por último, es posible encontrar poemas en los que la atención sobre un determinado personaje tiene como objetivo la venganza. Se trata del mismo procedimiento del poema laudatorio, sólo que empleado en sentido negativo con la finalidad de hacer escarnio de algún protagonista social. De este tipo es el número 41.

 

Ciñéndose al caso de los poemas laudatorios en sentido estricto, y omitiendo aquellos que loan las virtudes de una dama, por considerar que son una forma (aunque más distanciada o velada) de enaltecer a la mujer amada, nos encontramos con las siguientes rasgos característicos y sus esquemas.

 

Considerando como paradigma de poema laudatorio una composición mortuoria, a modo de panegírico, dirigida a una persona cercana al autor (también conocido como planto) las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre (número 87 de la antología), apreciamos las características y estructura que se exponen a continuación:

 

El poema está formado por coplas de pié quebrado: estrofas ordenadas por dos sextillas, cuyos versos terceros y sextos, de cuatro o cinco sílabas, son los que constituyen el llamado «pie quebrado».

 

Las coplas se convierten en un género nuevo que renuncia al lenguaje latinizante y a las construcciones alegóricas de tipo doctrinal. Sustituyen así al decir alegórico de Santillana o Mena. Su estilo sencillo y didáctico conformará la base de una estética muy innovadora, próxima al ideal renacentista de la naturalidad expresiva. Manrique, en definitiva, adapta una tradición preexistente para un género cercano, el didáctico. En esta adaptación, su uso de la metáfora y la imagen es enteramente original en la tradición poética del dezir doctrinal basada en los recursos eruditos, y en la de la poesía menor y amorosa, sustentada en las figuras de dicción. No obstante, las imágenes y metáforas de las Coplas también tienen precedentes en la tradición doctrinal. De hecho, cuando Manrique insiste en que el alma debe despertar a la conciencia de la caducidad de las cosas, o que las vidas corren como ríos hacia el mar, está usando conceptos mil veces repetidos en la tradición occidental. Por otro lado, destaca en las coplas la sinceridad lo que unido a las características de composición y estilo explicadas consigue un efecto de mesura y naturalidad perfectos. Manrique no escribe es ese momento de estupor y desesperación punzante que sigue a una gran pena. Su alma ha recuperado poco a poco si no la serenidad, sí la calma y la facultad de pensar.

 

En cuanto a la estructura interna de las coplas es posible encontrar en ellas el siguiente esquema compositivo:

 

La primera parte desarrolla el tema de la brevedad y caducidad de la vida: Manrique enlaza con toda una tradición que intentó encontrar sentido a la vida desde una reflexión sobre la muerte, ya que en la Edad Media se fue elaborando junto con el «ars amandi», y de forma simultánea, el «ars morendi». De esta forma, vida y muerte se presentan como dos procesos tan irreversibles como naturales, y se tratan como los dos aspectos más esenciales de la existencia, que pasa así a entenderse como un peregrinaje según las tesis de San Pablo o como romería, según las de Berceo. En la segunda, el poema se centra en el viejo tópico del Ubi sunt: ¿dónde están los que habitaron este mundo antes que nosotros? orientando la pregunta hacia determinados personajes históricos: reyes, papas, emperadores, prelados. Con estas ejemplificaciones, el autor entronca con la tradición medieval del «exemplum». Por último, el tramo final del poema se dedica específicamente a la loa del padre. Tal elogio incluye la celebración de sus virtudes y méritos naturales en la misma medida que se ensalzan sus hazañas. La biografía del homenajeado se convierte así en dechado comparable a determinados personajes de la Antigüedad. A su vez, su muerte se presenta en un tono familiar y afable que le invita a aceptar el tránsito a una «vida más larga». Así, rodeado de su mujer, hijos, hermanos y criados la muerte de don Rodrigo se convierte en ejemplo indiscutible del arte del bien morir.

 

Muchos aspectos de este esquema se repiten en las Coplas para el señor Diego Arias de Ávila, contador mayor del rey nuestro señor, e del su consejo (número 78). Se trata de un importante poema laudatorio que Gómez Manrique dirigió al converso Diego Arias. Constituye un precedente a las que Jorge Manrique dedicó a la muerte de su padre.

 

Por eso es posible hallar en ellas un esquema métrico en el que la combinación de octosílabos y quebrados se aproxima a las de pié quebrado de Jorge Manrique si bien no es igual, ya que en este caso, su forma estrófica es: 8a 8b 8b 8b 8a 8c 4d 8d 4c.

 

También tiene en común con éstas un carácter tierno, amable y personal, muy característico de la poesía de Gómez Manrique, que recuerda mucho a la sinceridad con que se expresan las Coplas de Jorge Manrique. En la misma media, es posible percibir ese sentido razonador, que trata de traspasar la frontera del mero sentimiento, y que pone de manifiesto una intención didáctica.

 

Estructuralmente también coincide con las Coplas de su sobrino Jorge en el tema de la caducidad de la vida y en el uso de las ejemplificaciones, para las que emplea alusiones de carácter histórico y mitológico.

 

Si Manrique consagra un nuevo estilo que renueva el verso con pretensiones doctrinales, Iñigo López de Mendoza, unas décadas atrás se consagra a esa poesía retórica y alegórica de la que Jorge Manrique se desentiende formalmente.

 

Así en el planto Defunción de don Enrique de Villena, señor docto e de exçelente ingenio (número 38), compuesta en coplas de arte mayor, se loa, a partir del hecho histórico de su defunción, a Enrique de Villena. 

 

Este poema representa la «nueva manera» de escribir que el autor menciona en el prólogo de Bías contra fortuna. Lo principal del poema se considera la forma («fermosa cobertura») que se consigue mediante el uso de figuras retóricas (pretericiones, anáforas, apóstrofes) que hacen que la materia lingüística se transforme en forma poética («gaya ciencia»). La «fermosa cobertura» se conseguirá mediante la intensificación de símiles y comparaciones con la Antigüedad Clásica, empleando para ello alusiones, perífrasis, imágenes, invocaciones mitológicas o, la más importante de todas ellas, la alegoría. Santillana enlaza con la concepción horaciana de la poesía como algo «dulce y útil». En concreto, el poema introduce un entramado de varias series de motivos e imágenes que forman una estructura conceptualmente ascendente, dispuesta según los cánones de la retórica. El caminante se enfrenta con el mundo inorgánico, el vegetal y el de los seres animados, y éste se manifiesta en una gradación que va de los animales no racionales hasta los hombres para llegar, finalmente, a los seres sobrenaturales y a las musas. Esta progresión en el hilo narrativo del poema se muestra acorde con una progresión en la evaluación del difunto. Esto es acompañado de un constante lamento de la voz narrativa en el plano de la descripción de los sentimientos. La curiosa ordenación según las reglas oratorias revela la intención del autor de innovar, siguiendo la retórica antigua, en el género medieval de la lamentación.

 

Se comprueba, en consecuencia, que tanto esta forma poética del poema laudatorio como la renovada de los Manrique comparten el empleo de los símiles y comparaciones propios de las ejemplificaciones de origen didáctico, sustentadas en la tradición medieval del «exemplum», y difieren en lo específico del proceso de transformación interna que sufre la literatura retórica, tal y como se ha explicado, entre las más cultas de Santillana y Mena, y la más cercana  a los postulados renacentistas de Gómez Manrique y Jorge Manrique.

 

En una línea más próxima al poema de Santillana que se acaba de describir se encuentra el planto Por la muerte de Jaumot Torres, capitán de los ballesteros del señor rey, que murió en la cuba sobre caríncola (número 65) de Carvajal. Se trata de versos de arte mayor en los que se cantan las virtudes de Jaumot Torres muerto y se establecen las comparaciones características empleando para ello personajes de la antigüedad clásica. Reaparecen por tanto elementos presentes tanto en Santillana como en Manrique.

 

Otros poemas laudatorios de menor envergadura a personajes históricos son el dedicado a  Ángelina de Grecia (número 12) de Francisco Imperial, Loando a Don Enrique Enríquez (número 89) de Antón de Montoso, y Otras suyas a la Reina Doña Isabel (número 122) de Cartagena. Si bien el que conserva un estilo más próximo a los primeros descritos, por cuanto mantiene las ejemplificaciones, es el de Cartegena, todos ellos conservan un estilo más cancioneril con versos octosílabos. No se da en su factura, por tanto, ni la alegoría propia de la «gaya ciencia» de Santillana ni la naturalidad del estilo renovado de los Manrique.

 

     En un plano laudatorio más específico del tema que tratan y, por lo tanto, que exhiben un menor número de características comunes con los demás, he encontrado el Villancico que hizo el Marqués de Santillana a tres hija suyas (número 36), Esta cantiga que fizo el dicho Alfonso Álvarez a la dicha cibdat de Sevilla, e fízogela cantar a los juglares otra Navidad, e diéronle otras cient doblas (número 4), y Este decir que fizo el dicho micer Francisco Imperial a la dicha Estrella Diana e quexándose de los otros que lo recuestaban e pidiéndole a ella armas  (número 11), que reflejan, tal y como se comentaba al principio, que la loa se aplicó a los más diversos temas: personajes históricos, familiares, ciudades e incluso a la Estrella Diana, que según algunas interpretaciones se refiere, en un plano anagógico, a la Virgen María.