Poesía de Los ojos de tu nombre

Los ojos de tu nombre «Las distancias» A-42



La blusa del día suspende láminas de polvo, y gotas circulando donde la atmósfera cubre el suelo. Lo que dura la secuencia del paisaje dura el cambio de marcha, y dobla el lomo del arcén si en el volante irrumpe un giro.

 

Sólo el instante muestra una señal y bloques con pisos en cascada.

El camino es lento, y la mirada un hábito donde surgen coches y nubes de CO2 retando al ojo. No hay pasos ni huellas que seguir, ni la clausura de la avenida donde se abastecen las horas en la trastienda de los deseos.


Sólo un oculto beso filtrándose en las toberas de la calefacción, y la imagen de los retrovisores donde yace ingrávida la nostalgia que te adivina.



II



La atmósfera no se repliega, pero pasa páginas dormidas, y acerca hojas de silencio donde se agita lo invisible.

Sólo un haz de imágenes proyectado desde el parabrisas abre el párpado que aguarda, y refleja un lago de misterio que rompe el vidrio de la ausencia.


El coche es tu morada y el aire la ferocidad donde se mueve.


Bate el viento con sus labios y alcanza a tientas la carrocería, encontrando los conductos de la ventilación, que depositan, intrépido, su beso.

 

III



Nubes reposando la inquietud del agua dormida. Señales sobre letras de humo ocupando lechos fabricados a la medida del aire.

Son más de las trece en el reloj del cuadro de mandos, cuando se escucha un boletín horario descargando las atrocidades peores, y se despacha un locutor con un «Adiós, buenas tardes».

 

El sol de mediodía, el sol de punta, duele.

 

En el habitáculo un sobrevuelo de pájaros abre una grieta en el espacio de la distracción, y se disipa en el punto de fuga del asfalto, entre las luces primeras de la conciencia adormecida.

 

 

IV


El enunciado del paisaje, dibujado en el umbral del parabrisas, nombra en sílabas de bruma los contornos de la autovía.

Son brazos donde descansa el vértigo de lo imprevisto, el alfabeto de señales que se sucede kilómetro a kilómetro, como se sucede la silueta de los edificios y las industrias.

No importa si son fábricas, gasolineras o almacenes, ni la prohibición de pasar de noventa, cuando en pozos de sentido se vislumbra el hallazgo de los deseos. No importa si son bloques o adosados, o el destello de sus guiños menores en los autobuses de línea.

La distancia es el tiempo y el asfalto su mediación intercesora.

El transcurrir de los kilómetros deletrea los cercos de un misterio, como se deletrean los números del cuentakilómetros, y se desvela el lugar inalcanzable donde se embarcan los ojos.

 


Los ojos de tu nombre «Las distancias» Carreteras secundarias



I


Un reflejo delatando sombras proyectadas desde algún voladizo, un frenazo en la geometría de un coche haciendo la rotonda.

Quietos quicios de luz y el sol basculando sus agujas.

Algunos giros, algunos cambios de marcha, cuando se abran los semáforos y caigan rayos reflejados en el lado opuesto del chasis.

La tarde inaugurada desvelará la inocencia de los parachoques traseros, y las huellas de sus golpes en el oleaje de las respiraciones.

La tarde inaugurada dibujará su sábana virginal, depositando sus labios más secretos en la tensión última de la monotonía.



II



Oficinas metálicas vertebrando la nuca de las nubes, altos pájaros de gas emitiendo su luz desde las plantas.  

Son el inciso abierto en la pantalla del retrovisor, cuando anchas ventanillas encuentran la onda de una brisa, y descubren la lengua del asfalto recostada a derecha e izquierda entre meandros de humanidad.

Son viejas carreteras como venas capilares, entre urbanizaciones de bajo coste y proyectos de construcción.

Entre lagos de silencio donde bulle el transcurrir de vidas plateadas.



III


El parpadeo de los árboles mueve el filo de las hojas, agitando polillas de sencillez entre las grietas del asfalto. Pequeñas ráfagas de viento sobrevolando la trayectoria de tu coche, apremiando el vientre de los dedos que con firmeza te conducen.

 

No es el cuadro de mandos, ni su túnica de plástico polvoriento, ni el mullir de las alfombras desportilladas, donde un velo de cordura equilibra los sentidos y una elocuente calma pulsa la monotonía. Es la quietud de los encuentros mejores, cuando un golpe de realidad interroga tu mirada, y un ámbito de misterio llena el cuenco de las dudas.

 

Cuando un calor resquebrajado dialoga con el arco de tus deseos, y esas manos al volante, sedientas y al acecho, se festejan libres en una calzada que de completa ofende.