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artículos / Memoria de un encuentro

                                                                                                                                 


Memoria de un encuentro

Publicado en «Páginas para el mes» (nº64, febrero 2003).
Descargarse el artículo publicado junto con el de Guiomar Ruiz (Asociación para la Investigación y la Docencia), también sobre José Hierro:


 

Recuerdo el encuentro con José Hierro en la Universidad Popular, que lleva su nombre, en San Sebastián de los Reyes, por algunos detalles que el tiempo me ha ido revelando como sustanciales, junto a la lectura de sus textos, para trazarme el dibujo de su figura. Recuerdo, entre otras cosas, como el movimiento y cadencia de sus manos, mientras hablaba, perfilaban ya, como en una representación de sí mismo, los rasgos esenciales de su persona/poesía (en Hierro, como en pocos, se da el milagro de esta simbiosis): vitalidad, energía, pasión por el hombre y su destino histórico, y, sobre todo, angustia, mucha angustia (el influjo que sobre él ejercieron autores como Unamuno fue decisivo). Una angustia casi infinita —templada por la serenidad natural propia del que conoce muy bien los rasgos de sus fantasmas interiores—, que reclamaba en cada gesto, en cada  modulación de su voz, en cada verso engarzado aquí y allá en su discurso, una respuesta existencial sin pretensiones intelectuales, pero con verdadera capacidad para ofrecerle un sentido: «Golpeo con el corazón / el tronco duro de los olmos. / Pido tan sólo una palabra / que me salve...», dejó escrito en su poema «Soledad» (Alegría, 1947).

 

          Su muerte no nos ha cogido del todo por sorpresa, porque su estado de salud delicadísimo y sus constantes ingresos hospitalarios en los últimos dos años nos la anunciaban ya cercana. Sin embargo, el fallecimiento, este sí inesperado, del padre de un buen amigo mío, el asomarse del dolor durante las pasadas fiestas navideñas, y la constatación del dolor de una familia entera, me han animado a recuperar con mayor intensidad, si cabe, algunos de los mejores momentos de aquel encuentro con José Hierro. Por ellos sé, entre otras cosas, que Hierro amaba profundamente la vida, y que este amor, este compromiso con el quehacer de su destino es el mejor legado que nos ha dejado, en su vida y en su obra. Bastaron sólo dos horas escasas de conversación para darme cuenta de esto. Bastaron un puñado de versos del poema  «Soledad», para constatarlo en su escritura: «Es imposible conseguir / detener lo que pasa en torno.», se dice al comienzo de la novena estrofa, para culminar el poema diciendo: «Pero yo me rebelo y lucho. / Yo sostengo mi cruz al hombro, / yo sé así, cuando siento el peso, / que no estoy solo.» Palabras que, por otro lado, el contenido de su conversación, siempre inquietante, confirmaban. De hecho, recuerdo con estremecimiento la respuesta que nos dio cuando le preguntamos acerca del sentido del dolor: «cuando algo nos duele, significa que estamos vivos. Este es el sentido que para mí tiene el dolor»; y como mientras profería aquellas palabras se le empañaban los ojos con un velo de inusitada serenidad. La misma que le abandonaba al instante siguiente, para proseguir con su conversación enfebrecida por el entusiasmo. Se trataba del mismo gesto que se halla al final de la séptima estrofa y principio de la octava de su «Soledad»: «sentir el alma dolorida, / porque así sabemos que somos. // Pero si el alma se serena, / entonces sí que acaba todo: / nos quedamos sin el que fuimos / que no podía vivir solo.»

 

          Y es que Pepe Hierro, además, era una persona a la que preocupaba sobremanera el destino social del hombre. No en vano, dio el tituló de Quinta del 42 a uno de sus libros (publicado en 1953), pensando en una generación de hombres que según puede leerse en su prólogo a la reedición de la obra en 1991 era «la de los que llevaban sobre sus hombros la pesadumbre de la guerra española pero en la que no representaron un papel protagonista». Me atrevo a afirmar, que él intuyó con claridad que de haber alguna salvación posible, ésta debía darse en la carne; en la expiación del propio destino, con su implicación trascendente, en la realización comunitaria, en el encuentro lleno de misterio y asombro con sus semejantes. Por eso, no dio por finalizado nuestro encuentro (un encuentro que sabemos le alcanzó el corazón) sin antes escribirme en una dedicatoria: «Para Pablo, otro buscador de lo trascendente», y dibujarme el rostro de una muchacha. De nuevo, un gesto idéntico al que ya había hallado en su poesía: «Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba / no dije Agnus Dei qui tollis pecata mundi, / sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios / que quita mis pecados del mundo)», tal  y como puede leerse en «Lope. La noche. Marta» (Agenda, 1991).

 

          Todo el desencanto o desasosiego de Hierro (vestido, a veces, de aparente escepticismo), y del que su obra da testimonio en numerosas ocasiones, no viene sino a realzar el contorno de su figura, en la que destacaba el tamaño de su lucidez, de su genio humano, al que se le sumó una encomiable capacidad para esculpir versos, obrándose así el milagro de su poesía. El mejor ejemplo de este desánimo lo encontramos en su memorable soneto «Vida» (Cuaderno de Nueva York, 1998) ¾tan tristemente manoseado por la cohorte de acólitos y advenedizos que se le arrimaron en los últimos años, cuando le alcanzó la fama¾, en el que nos dejó dicho que para él «todo no era más que nada», porque, en definitiva, nada le bastaba.

 

          Ahora que sus cenizas reposan en paz, ahora que ha realizado el gesto último de la vida, que es el morirse, como le ha sucedido al padre de mi amigo, siento que ambos habrán visto cumplido su destino, porque sus vidas, de un forma u otra, se cumplieron. De hecho, José Hierro, hombre desprovisto de fe, porque como nos confesó aquella tarde «mi corazón quiere creer, pero mi razón me lo impide» (ya que no pudo sustraerse al menoscabo generalizado que esta época ha hecho de los términos de la razón)  intuyó también, como lo había intuido en la vida, que la muerte podía conllevarle alguna forma de cumplimiento: «Llegué por el dolor a la alegría. / Sé por el dolor que el alma existe.» nos dijo en los primeros versos del soneto que abre Alegría, para, una páginas más adelante, confesarnos en el poema «El muerto»: «Aquel que ha sentido una vez en sus manos / temblar la alegría / no podrá morir nunca. // (...) // Morirán los que nunca jamás sorprendieron / aquel vago pasar de la loca alegría. // Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis / manos / no podré morir nunca. // Aunque muera mi cuerpo y no quede memoria de mí.» Por eso, muchos años después de escribir estos versos, encontramos como en el poema «El niño» de Agenda —en un alarde de genialidad poética—, se atreve a aupar en brazos al chiquillo que él fue, y al que con el tiempo habría de sobrevenirle la muerte, para que alcance a hacerse con una hoja verde; el verde, claro está, de la esperanza: «Reconozco la voz que aún no ha sonado / en esta voz de niño, en el cuerpo del niño / que sonríe ante mí // La voz que un día me dirá: "Voy a matarte con mis propias manos", en ese instante suena con desamparo y lágrimas, / y las palabras aún no hieren: "Aúpame, quiero coger esa hoja verde." / Alzo en mis brazos, para que no llore, / a mi asesino.»

 

          José Hierro, como el personaje de su «Canción de cuna para dormir a un preso» (Tierra sin nosotros, 1946), sabemos duerme ya en el azul de la noche inmensa: «Duerme, ya tienes en tus manos / el azul de la noche inmensa. / Duerme, mi amigo... / Ya se duerme / mi amigo, ea...». Nuestro amigo, desde luego, ya para la eternidad.

 

    


Dedicatoria que me dibujó José Hierro en un ejemplar de Quinta del 42, realizada al finalizar un homenaje al poeta GabrieCelaya en la Universidad Popular José Hierro de San Sebatián de los Reyes, en abril de 1996. El poeta confundió la fecha y escribió «1995».