Recursos para el estudiante / Estudio de «El náufrago salvado» de "Milagros de Nuestra Señora"





Estudio de «El náufrago salvado» de Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo

En mi opinión «El náufrago salvado» se corresponde con el primer tipo de milagros, según la clasificación de Juan Manuel Rozas. Es decir, aquellos milagros en los que la Virgen premia o castiga a los hombres. En este caso concreto, la Señora se apiada de aquellos que la aman (como no podía ser de otra forma entre romeros que se dirigen por el mar a orar en el sepulcro de Vera Cruz). Así, tenemos milagros como, por ejemplo, el número III, «El clérigo y la flor»; el IV, «El premio de la Virgen» o el XIII, «El nuevo obispo», en los que los beneficiarios son siempre clérigos de condición humilde. Sin embargo, en esta ocasión los destinatarios del milagro son, de forma directa, los romeros ahogados, y, de forma indirecta los romeros que se salvan, entre los que se cuenta un obispo. En el caso de los primeros, los que se ahogan suben al cielo de tal forma que todos pueden contemplarlo, y un peregrino es salvado de ahogarse tras suplicarle a María el socorro. En el de los segundos, la contemplación del milagro del peregrino rescatado de las aguas les conforta de la pena por no haber perecido con los que ascendieron al cielo y haber disfrutado así de Gloria eterna. Nótese que esta sensación de desasosiego y mala conciencia inicial en los que se salvan se acentúa en el texto narrándose cómo consiguen evitar el naufragio huyendo en un barco de salvamento al que sólo les está permitido subir porque su categoría social les otorgaba el privilegio de hacerlo.

 

Conviene decir que en una lectura poco atenta se podría llegar a pensar que éste es un milagro del segundo tipo según la clasificación de Juan Manuel Rozas, en los que la Virgen perdona a aquellos que la aman cuando han cometido algún error o han pecado. Ya sea dándoles un descanso eterno, como por ejemplo en el Milagro XII, «El prior y el Sacristán»; resucitándolos, como ocurre en el número II, «El sacristán fornicario» o apiadándose de sus vidas, que es lo que sucede en nuestro milagro con el romero que casi se ahoga, pero que la Virgen rescata. Esta interpretación, errónea desde mi punto de vista, podría deducirse si se considera que el peregrino cae al agua por intentar colarse en la barca de emergencia sin preocuparse de los demás. Para establecer este significado equivocado bastaría con considerar la palabra artero con que se describe la actitud de este peregrino en la estrofa 595, según la acepción peyorativa del término que tiene en la actualidad, en lugar de considerarla según el contexto del S. XIII, en el que una persona artera era alguien simplemente mañoso y astuto. De hecho, la habilidad del romero queda reforzada en la misma estrofa cuando se narra que éste saltaba ca era bien ligero, es decir, ‘porque era bien ligero’. Por otro lado, la confusión puede acentuarse si, además, se entiende el término mezquino, con que en la estrofa 604 se describe al náufrago salvado, también según la concepción actual, por la que un mezquino es, generalmente, alguien falto de nobleza de espíritu, en lugar de considerarlo según el castellano de la época, por el que un mezquino simplemente era una persona desdichada, desgraciada o con mala suerte.

 

Por lo demás, me gustaría dejar constancia de que, si bien la consideración de que la Gloriosa ayuda a sus amigos y castiga a sus enemigos es una idea común a todos los milagros, resulta menos problemática una clasificación que, como dice Fernando Baños en su prólogo a la edición de Milagros de Nuestra Señora (Biblioteca Clásica, Editorial Crítica, 1.997) «atienda, simplemente, a si el prodigio viene dado por un peligro o apuro ajeno a María o, por el contrario, acontece a iniciativa suya.» En este sentido, el milagro objeto de este estudio se debería a un peligro o apuro no ocasionado por la Virgen.

 

El esquema narrativo del milagro sigue el patrón descrito por Juan Manuel Cacho Blecua cuando divide cada uno de éstos en seis partes: 1) Introducción sobre las circunstancias narrativas previas; 2) Situación que genera el nudo (existencia de algún tipo de peligro físico o espiritual); 3) Intervención milagrosa de la Virgen en un cuadro escénico; 4) Desenlace; 5) Afirmación admirativa de lo sucedido; 6) Conclusión narrativa y enseñanza didáctica. La introducción de las circunstancias previas se comprendería entre las estrofas 583 y 587. En concreto, hasta la número 585 se enlaza este episodio con el sentido general del libro: la importancia de la Virgen como abogada e intercesora de los hombres ante Dios; y desde la 586 a la 587, se destaca que quien primero dejó el milagro por escrito fue un testigo presencial, lo que despeja cualquier duda sobre la autenticidad del prodigio. La situación por la que se desencadena el nudo argumental del milagro la encontramos descrita entre las estrofas 588 a 596, en las que se narra el naufragio, al que sobreviven unos pocos que tienen el privilegio de ocupar una barca de emergencia. La intervención milagrosa de la Virgen la encontramos entre las estrofas 597 y 614, en la que los supervivientes contemplan un milagro en dos partes: primero, hasta la estrofa 603, en cuyo desarrollo ven con envidia cómo suben al cielo las almas de los ahogados en el naufragio en forma de paloma; y entre las estrofas 604 y 614, donde se cuenta cómo los supervivientes ven salir del mar a un peregrino salvado por María, según cuenta él mismo.  El desenlace se comprende entre las estrofas 615 y 616, en las que se describe que finalmente los romeros realizan la peregrinación. La afirmación admirativa por lo sucedido queda de manifiesto entre las estrofas 617 a 619, en las que podemos leer que los romeros comunican la noticia del prodigio, lo que suscita la devoción por la Virgen entre los que escuchan o leen el relato, así como su fama y difusión. Para terminar, la conclusión y enseñanza didáctica se recoge entre las estrofas 620 a 624, en las que se alaba el papel de la Virgen como salvadora y corredentora del hombre, así como abogada de los afligidos con un cierre en la última estrofa cuyos términos recuerdan a la Introducción de la obra (en la que la Virgen aparece como refugio de paz para el ser humano a semejanza de un locus amoenus paradisíaco.)


         En cuanto al papel del mar en los milagros, hay que empezar por decir que ya en la estrofa 32 de la Introducción, que es una de las dedicadas a describir los nombres de María (narrados entre la 31 y la 42) se emplea el apelativo de estrella de los mares para referirse a la Virgen. Así, tal y como se explica en la citada estrofa, la Virgen adquiere este nombre por cuanto es guía de los marineros cuando la imploran. De hecho, es posible encontrar menciones de María como estrella del mar en los milagros I, «La casulla de San Idelfonso»; XXI, «La abadesa en cinta» y XIV, «El milagro de Teófilo», si bien en éstos el mar no es parte del núcleo argumental. Sí lo es, sin embargo, en el número XIX, «Un parto maravilloso» y el número XXII, «El náufrago salvado», en los que María aparece como salvadora de los peligros del mar. Por otro lado, en el milagro XXIII, «La deuda pagada», el mar es el medio del que María se sirve para hacer llegar al judío el préstamo que éste le hizo al burgués que, por encontrarse en tierras lejanas, no encontrará otra forma de saldar la duda en el plazo acordado. Se dibujan así dos formas de presentar el mar en los milagros en los que éste juega un papel importante en la trama argumental. Mientras en los citados XIX y XXII el mar es fuente de peligro y María la protectora y salvadora de un mar en el que los personajes se ahogan si la Virgen no lo impide (la Virgen como estrella del mar, como reflejan los Miracula de los que parte Berceo para componer los suyos), en el número XXIII el mar es el medio físico que la Virgen utiliza para obrar el milagro. En cualquier caso, en los tres milagros el mar y la intervención prodigiosa de la Virgen se dan la mano para narrarnos algunos Milagros de Nuestra Señora. Por lo demás, en el milagro XIV, «La imagen respetada por el fuego», se presenta el mar que cerca el monasterio como logar perigloso, lo que realza la impronta de peligrosidad que Berceo suele imprimir al mar en sus composiciones.