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Tengo la fortuna de presentar Los ojos de tu nombre, el primer libro de poemas de Pablo Luque.
Y digo fortuna porque, después de la tristeza que vivimos en esta ciudad desde el
Cuando hace más de dos años el libro era ya un proyecto en fermentación, Pablo me regalaba en una carta, a modo de testimonio, unas acotaciones acerca de su entrega. Recordaré alguna:
«Los ojos de tu nombre es un conjunto de fragmentos poéticos, organizados en tres partes, que tienen su origen en la experiencia de la mirada...
En la primera parte, "Los pasos", la mirada es la de un sujeto lírico que transita por la calle a lo largo de la mañana; y su mirar revela los aspectos de esta contemplación que más se significan en este contexto de espacio y de tiempo.
Por último, en la tercera parte, "La morada", ya por la tarde, la vista se recrea en el espacio interior de la propia habitación, donde emergen las expresiones más ntimas de esta contemplación.»
Los ojos de tu nombre me parece un libro amable, que me ha llevado de la mano desde su borrador hasta su cuidadísima edición.
Un libro «vivista». "Vivista» en alusión a la obra De ratione dicendo (el arte poética del humanista Luis Vives). Sus poemas contienen las principales funciones de la retórica: a veces una intención didáctica (función docere), otras nos transmiten una esperanza (sperare) vibra con algunas de nuestras inquietudes (sentiré) o estimula nuestras pasiones (excitare).
Un libro que toma como eje el tópico del «homo viator», de la vida como viaje.
Poemas escena, casi de cuadro de género a lo Samain -el pintor simbolista francés-, con cierta atmósfera narrativa; cargados de naturalidad, de sinceridad. Con un estilo próximo a determinado realismo hedonista apoyado en la comparecencia cómplice del Yo lírico ante lo cotidiano. Apoyado también en un meditar desde el mundo, en una reflexión del poeta desde su propio mundo y en una capacidad dialogística hacia los seres y hacia las cosas.
Este libro es la voz de la mirada.
Sus versos nos revelan la historia de unos ojos: los ojos del asombro, los ojos que admiran lo que miran, los ojos que contemplan. Y no olvidemos que la contemplación es acción.
Pero este libro es, además, la canción de un nombre: un nombre que tiene ojos, un nombre que tiene pasos: el Yo poético que nos cuenta, encantándonos en versos que son semillas del enigma, como éstos, excelentes:
«Como fresas de luz en las tinieblas» (pág. 71), «Un remanso de luces/ flameado en el ojal de la ventana,/ un residuo de polvo iluminado/ en láminas la estancia. » (pág. 64), «El parpadeo de los álamos/ balancea el filo de las hojas/ agitando polillas de sencillez/ entre las grietas del asfalto» (pág, 50), «esas hogueras halladas bajo la piel del agua» (pág. 14).
Yo no sé si ver consiste en borrar la luz con la mirada, en aproximar el alma a lo mirado o en atraer lo mirado por medio del deseo. Sí que sé de la actitud descubridora defendida por el pintor austríaco Wols, cuando afirma «Voir, c'est fermer les yeux» («Ver, es cerrar los ojos»).
Esos ojos nombrados por Pablo no miran solamente el envoltorio de la realidad para constatarla. Esos ojos nombrados por Pablo atraviesan la membrana de la realidad para explorarla e idealizarla.
Los ojos como ventanas abiertas de par en par a las cosas del mundo. Los ojos como espejos donde el mundo de las cosas puede reconocerse en las claras palabras que las nombran.
La creación poética tiene diferentes cualidades: catártica o purgativa de un estado de ánimo negativo; gnóstico o de acceso al conocimiento; genesíaca o de construcción de lenguaje; y, por supuesto, estética, de complicidad con la belleza. De tales cualidades participan estos poemas: leerlos es comprobar que se abre una ventana a lo invisible, a tantas cosas que, de tan reales, presentes y cercanas, apenas vemos porque no las miramos con los ojos del espíritu, porque no las tocamos con los dedos del alma.
Nuestro poeta dispone de una perspectiva ideal para conocer la realidad sin destrozarla, sin que le destroce. Y en una época en que la cultura humanística pierde su hegemonía ante la vigorosa cultura tecnocientífíca, sus poemas nos ofrecen una actitud rehumanizadora del resistir como existencia.
Gracias, Pablo, por haberlos escrito. Gracias, amigo, por darme la oportunidad de presentarlos.
)
Breve nota sobre Los ojos de tu nombre
por Pablo Luque Pinilla
Los ojos de tu nombre es un conjunto de fragmentos poéticos organizados en tres partes, que tienen su origen en la experiencia de la mirada (los ojos), y en el poder de la palabra poética para permitirnos nombrarla y, por tanto, conocerla. Una mirada que contempla con fervor y ofrecimiento; que experimenta la vibración del misterio como pálpito de todo lo real. Una mirada que, en suma, desvela el rostro del misterio en las cosas y, de esta manera, en nosotros mismos (tu nombre). La filiación literaria de esta poética, como se puede advertir, es nítida en nuestra tradición ¾tal y como ponen de manifiesto algunas de las citas que se encuentran en el libro¾, si bien el tratamiento formal acusa influencias mucho más dispares en ésta.
En la primera parte: Los pasos, la mirada es la de un sujeto lírico que transita por la calle a lo largo de la mañana, y su mirar revela los aspectos de esta contemplación que más se significan en este contexto de espacio y de tiempo. En la segunda parte: «Las distancias», sucede igualmente, pero en esta ocasión el personaje del poema circula en coche durante el mediodía por las grandes carreteras: «Nacional 401», o por los pequeños meandros de las «Carreteras secundarias». Por último, en la tercera parte: «La morada», ya por la tarde, la mirada se recrea en el espacio interior de la propia habitación (la morada), donde emergen inevitablemente las expresiones más íntimas de esta contemplación.
Las tres partes del texto están, a su vez, precedidas por un poema de aliento marcadamente reflexivo, que sirve al sujeto de la acción lírica para recapitular sobre la experiencia que preside el transcurso del día. Para este propósito, que cierra circularmente el conjunto, se ha elegido el ámbito de la noche y el transcurrir del sueño, por entender que se trata de uno de los contextos más parecidos, que en la vida tenemos, al conocimiento pleno y a la comunicación plena, ya que su analogía con la muerte es también, paradójicamente, semblanza de la totalidad y la plenitud del ser.