_p a b l o _l u q u e _p i n i l l a

Pere Gimferrer

 Alguna cosa més el do de síntesi:

veure en la llum el trànsit de la llum[1]

 

Pere Gimferrer nació en Barcelona en 1945. Su obra, escrita en catalán y en castellano, abarca la poesía, la novela, el dietario, el artículo, el ensayo, y el estudio crítico sobre literatura y arte. También ha preparado antologías sobre Vicente Aleixandre, Joan Brossa, J. V. Foix, y traducido a autores como el Marqués de Sade,  Samuel Beckett, Oscar Wilde, Michael Riffaterre, Ausiàs March, Mercè Rodoreda, Gabriel Ferrater, Ramón Llull y Stendahl. En castellano ha publicado los poemarios Mensaje del Tetrarca (1963), Arde el mar (1966; 2ª ed. 1968; ed. crítica en 1994, con varios poemas escritos entre 1964 y 1967 y aparecidos en revistas), La muerte en Beverly Hills (1968), y Amor en vilo (2006); los opúsculos Tres poemas (1967), Laúd para el soneto (1987) y Morir sobre un nenúfar (1988); y las recopilaciones Poemas 1963-1969 (Ocnos,1969; incluye Arde el Mar, La muerte en Beverly Hills y varios poemas del inédito Extraña fruta y otros poemas), Poemas: 1963-1969 (Visor, 1979), Poemas: 1962-1969 (1988; 2ª ed. 2000; incluye, además de todos los ya citados escritos hasta 1969, varios poemas del inédito Malienus), y Arde el mar, el vendaval, la luz: primera y última poesía (1992). Su obra poética en catalán incluye diversos libros y recopilaciones, y ha sido recogida en su totalidad en el primer tomo de los cinco que Edicions 62 ha dedicado a sus obras completas en esta lengua. De entre sus poemarios en catalán destacan los títulos Els miralls (1970), Hora foscant (1972), Foc cec (en cursiva?) (1973), L'espai desert (1977), Aparicions (1982), El vendaval (1988), La llum (1991), Mascarada (1996) y el volumen de prosa poética L’Agent provocador (1998). A su vez, el libro Marea solar, marea lunar (Ediciones Universidad de Salamanca, 2000) incluye una selección extensa de su poesía en ambos idiomas, y Pagliai Polistampa ha publicado una compilación de ésta traducida al italiano con el título Marea solare, marea lunare (1963-1998). Puede consultarse una relación bibliográfica pormenorizada del autor en http://www.brown.edu/Research/Gimferrer/Biblio.html. Su trayectoria ha merecido numerosos premios literarios en las dos lenguas, tanto de poesía (premio Nacional de Poesía en dos ocasiones, por sus libros Arde el mar y El vendaval) como de prosa (premio de la Crítica por su novela Fortuny). Desde 1985 es miembro de la Real Academia Española donde ocupó la plaza vacante tras el fallecimiento de Vicente Aleixandre, a quién dedicó el discurso de ingreso. En 1998 obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

                                 

 

Tanto en catalán como en castellano, se trata de uno de los poetas más significativos de su generación, y uno de los impulsores principales de la estética novísima. Tomando como referentes literarios la obra de escritores como Rubén Darío, Vicente Aleixandre, Octavio Paz, Joseph Vicenç Foix, Rimbaud, Lautréamont, Joan Persé y Wallance Stevence, su poesía, de sonoridad inusitada y misteriosa belleza, otorga un papel esencial al poder de sugestión de la imagen, que emplea magistralmente para ofrecernos en visiones fragmentadas el yo multiforme del poeta. Si en Gimferrer vida y obra se superponen, ésta última da cuenta de la primera de forma refractaria, como en un juego de espejos. De hecho, para nuestro autor el yo no es uno sino muchos, hasta el punto de no saber realmente quién es, lo que se traduce en una elisión del protagonista poético en sus versos, fiel reflejo, por otro lado, de la crisis de identidad que padece el hombre contemporáneo. No en vano, en Radicalidades[2] asevera que «La crisis de la identidad personal subyace a la crisis del narrador que define a la era moderna. No sabemos quién narra porque no sabemos quién somos. El hombre del medievo, el del Renacimiento, el del Barroco, el de la Ilustración, sabían quiénes eran, remitían su identidad a una cohesionada organización del mundo.» A su vez, este universo gimferreriano se sirve de las más diversas realidades culturales para ofrecer su rostro plural y heterogéneo. De esta manera, literatura, cine, arte y un particular tratamiento de los motivos venecianos son elementos recurrentes en la escritura del poeta, que en ocasiones también vuelve los ojos sobre sí misma en una clara actitud metapoética.

 



 

[1]Pere Gimferrer, Obra Catalana Completa /1. Poesia. (Barcelona, Edicions 62, 1995, p. 255).

[2] Pere Gimferrer, Radicalidades, Barcelona, Antoni Bosch editor, 1978, p. 60.

 

  
 

Bibliografía esencial

  • GIMFERRER, Pere: Arde el mar, Madrid, Cátedra, 1994. Ed. de Jordi Gracia.
  • GIMFERRER, Pere: Poemas: 1963-1969, Madrid, Visor, 1988.
  • GIMFERRER, Pere: Marea solar, marea lunar, Salamanca. Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2000. Ed. de Luis García Jambrina.
  • GIMFERRER, Pere: Amor en vilo, Barcelona, Seix Barral, 2006.
  • BOU, Enric. «Álbum. Pere Gimferrer» [en línea]. brown.edu. Brown University (Providence, RI 02912): <http://www.brown.edu/Research/Gimferrer/index.shtml>[Consulta: 5 enero 2007].

                      

 

                                                                                                      

Antonio Colinas


El paso del tiempo y los libros que he ido escribiendo y publicando me han convencido cada día más, de la estrecha relación existente entre poesía y vida, entre la experiencia de crear y la experiencia de ser.
[1]


          

Antonio Colinas nació en La Bañeza, León, en 1946. Es responsable de cerca de un centenar de volúmenes de los que más de una tercera parte son de poesía. El resto se dedican a la novela, el cuento, el ensayo, la biografía, el libro de viajes, la traducción y la labor antológica. Sus poemarios, tal y como se recogen en El río de sombra, Treinta y cinco años de poesía, 1967-2002 (Madrid, 2004), incluyen trece títulos: Junto al lago (1967), Poemas de la tierra y de la sangre (1969), Preludios a una noche total (1969), Truenos y flautas en un templo (1972), Sepulcro en Tarquinia (1975), Astrolabio (1979), En lo oscuro (1971), Noche más allá de la noche (1983), Jardín de Orfeo (1988), La muerte de armonía (1990), Los silencios de fuego (1992), Libro de la mansedumbre (1997) y Tiempo y abismo (2002). Puede consultarse una bibliografía pormenorizada del autor en http://www.lbonline.net/colinas/bibliografia.html

 

          Su Su obra ha sido acreedora de numerosos premios y reconocimientos, entre los que destacan el Premio Nacional de la Crítica (1975), el Premio Nacional de Literatura (1982) y el Premio de las Letras de Castilla y León (1999). En Italia recibió, también en 1999, el Premio Internacional Carlo Betocchi, en reconocimiento a su labor como traductor y estudioso de la cultura italiana, y en 2005 el Premio Nacional de Traducción, concedido por el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano, por su traducción de la Poesía Completa de Salvatore Quasimodo.

 

          Su poesía, «de lenta y pausada gestación», en palabras de María Zambrano, es un apasionante itinerario en el que biografía y escritura se aúnan y comunican entre sí constantemente. Así, con su inmenso talento literario, Colinas es capaz de extraer de la escritura poética semillas de conocimiento y exaltación del ser tomando como punto de partida su propio periplo existencial, que, de esta manera, también se desvela, ahonda y vivifica. En este sentido, el nomadismo que desde muy joven ha acompañado su andadura, llevándole a vivir en León durante la infancia; en Córdoba en la adolescencia; en Madrid durante su etapa de formación universitaria; en Italia, entre 1970 y 1974, como Lector de Español en las Universidades de Milán y Bérgamo; en Ibiza, donde pasó veintiún años entre 1977 y 1998 ya plenamente dedicado a la actividad literaria; y en Salamanca, donde permanece desde 1998, le ha permitido desarrollar una trayectoria que se ha ido enriqueciendo con las diversas realidades y matices que cada uno de estos emplazamientos le ha ofrecido. De esta forma, en la Bañeza, en plena meseta castellano-leonesa ¾el «espacio originario»[2]¾ la naturaleza y los libros fueron las dos fuentes de aprendizaje fundamentales. En Córdoba, este aprendizaje continuó con la observación de los elementos naturales y la literatura, y el autor profundiza en la lectura de la obra de poetas imprescindibles de esta tierra, como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Ricardo Molina. Ya en Madrid, se deja impregnar del ambiente literario y se confirma y sedimenta su vocación poética. Allí es donde publica Preludios a una noche total (1969), poemario con el que inicia una vía neorromántica en la joven poesía española del momento, ya que se conjugan en él las influencias de la naturaleza y la experiencia amorosa, que en ese momento alcanza de lleno al poeta. Su estancia en Italia supondrá un periodo de auténtico deslumbramiento, en el que las culturas romana y renacentista marcarán para siempre su escritura, sintiendo una atracción por este país que es posible rastrear en otros autores no italianos como Byron, Shelly, Keats, Goethe o Stendhal. El libro más empapado de la cultura italiana es Sepulcro de Tarquinia (1975), en el que lo latino es una de las fuentes principales de motivos del texto, lo que pronto granjeó a Colinas la fama de poeta culturalista, en la línea de algunos poetas de su generación. La fascinación por Italia le ha llevado a encargarse de la obra de autores como Dante, Leopardi y Quasimodo. Se cierra así un itinerario vital que lo es también literario, y en el que las señas de identidad del espacio originario, el neorromanticismo y el culturalismo son algunos de sus signos. En Ibiza, donde permanece más tiempo que en ningún otro lugar, el poeta se impregna del «espíritu mediterráneo»[3], «una manera de sentir y ser universalizada»[4] por la confluencia de razas y culturas que se dan en esta área geográfica, lo que junto con las lecturas de algunos de los maestros del pensamiento primitivo oriental, la obra de Mircea Eliade, Jung y María Zambrano, entre otros, conforman el grupo de influencias de la segunda etapa del ciclo poético coliniano, prolijo en motivos provenientes del taoísmo y el misticismo, tal y como puede comprobarse en una obra de la envergadura de Noche más allá de la noche (1983). Por último, en Salamanca, de nuevo en la meseta, el poeta retoma el contacto directo con los elementos originarios, anteriormente descritos para su estancia en La Bañeza durante su infancia y temprana adolescencia. En esta ciudad castellana desarrolla lo que podríamos considera una tercera etapa, que se corresponde con sus dos últimos poemarios, en la que ahonda en el concepto de mansedumbre, que el poeta entiende como un estado de máxima aceptación de cuanto sucede, tras un arduo y doloroso camino de asimilación personal de las vicisitudes y contradicciones de la vida, que le permite experimentar la paz, así como profundizar en los nexos de unión del hombre con la realidad que le circunda, y, en especial, con la naturaleza. No en vano, el primero de estos libros se titula Libro de la mansedumbre (1997).

            Se trata, en suma, de una obra cuya poética, explica con acierto el profesor José Enrique Martínez Fernández, «ha de colocarse bajo el signo de Orfeo, que conmueve el orbe son su canto y que enseña a los hombres los misterios de las cosas»[5]. Una poesía que, además, tiene como uno de sus pilares vertebradores, acaso el más fundamental, la visión simbólica del mundo. De hecho, la capacidad de percepción simbólica del poeta leonés abarca el campo teórico, explorado con ahínco en sus ensayos; y el artístico, desarrollado en su poesía. De esta manera, Colinas ve con frecuencia en las cosas una segunda realidad. Así, la piedra, la noche, la luz, la cima, la nieve, el agua, el árbol, el bosque, el río, el mar, el camino, el jardín, algunos animales, la respiración y el amor, por sólo citar algunos, son símbolos en los que Colinas lee correspondencias y enseñanzas con y para la vida del hombre.


 

[1] Antonio Colinas, Para una antología de mi poesía,  prólogo a La hora interior, p. 7;  cita  José Enrique Martínez Fernández, En la luz respirada, Cátedra, Madrid, 2004, p. 13.

[2] José Enrique Martínez Fernández,  op. cit., pp. 14-33.

[3] Antonio Colinas, Del pensamiento inspirado I, pp. 56-69;  cita  José Enrique Martínez Fernández, op. cit., p. 30.

[4] Íbid.

[5] Op. cit., p. 34.


Bibliografía esencial

 

-      COLINAS, Antonio: El río de sombra, Treinta y cinco años de poesía, 1967-2002, Madrid, Visor, 2004.

-      MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, Enrique: En la luz respirada, Madrid, Cátedra, 2004.

-      lbonline.net. Antonio Colinas [en línea]: <http://www.lbonline.net/colinas/bibliografia.html> [Consulta: 17 marzo 2007]. 

-      hottopos.com. Mitología Clásica en la Poesía de Antonio Colinas – Truenos y flautas en un templo (1968 – 1970) [en línea]: Manuel Enrique Ferrero Hernández. <http://www.hottopos.com/rih5/ferrero.htm> [Consulta: 10 abril 2007].

-      Especulo. Antonio colinas o el poeta tranquilo [en línea]: Yolanda Delgado Batista, Universidad Complutense de Madrid.
<http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/colinas.html
> [Consulta: 10 abril 2007].


                


                                                                                                      

Miguel d'Ors

 

La Poesía (…) es algo que brota de la vida y tiene también la vida como destino. La de usted, lector. Espero haberle ayudado a mejorarla un poco haciéndole pasar un buen rato [1]

 

Miguel d’Ors nació en Santiago de Compostela en 1946. Es hijo del jurista Álvaro d'Ors y nieto del escritor, ensayista, filósofo, periodista y crítico de arte Eugenio d'Ors, exponente relevante del movimiento conocido como Novecentismo. Ha publicado los poemarios Del amor, del olvido (1972), Ciego en Granada (1975), Codex 3 (1981), Chronica (1982), Es cielo y es azul (1984), Curso Superior de Ignorancia (1987; segunda ed., 1987), Canciones, oraciones, panfletos, impoemas, epigramas y ripios, o Cajón de sastre donde hallará todo cuanto deseare el lector amigo, y el no tanto sobradas razones para seguir en sus trece (1990, edición no venal), La música extremada (1991), La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999; segunda ed., 2003) y Sol de noviembre (2005). También se han editado las antologías de su poesía: Punto y aparte (1966-1990) (1992; segunda ed., 1995) y 2001 (Poesías escogidas) (2001). A su vez, es autor de ensayos y estudios críticos en los que se ha encargado de la obra de autores como Rafael Morales y Manuel Machado, por sólo citar algunos.

Su obra se ha revelado muy influyente para las nuevas generaciones de poetas, entre cuyos integrantes cuenta con numerosos seguidores. Tal y como refleja Enrique García Máiquez en la introducción a su antología 2001 (Poesías escogidas), d’Ors ha pasado «a ser el maestro de la joven poesía arraigada, intimista, religiosa y epigonal»[2], porque «al forjar una obra que se plantea cuestiones éticas y transcendentes, ha dado respuesta al problema que se plantean todas las personas de todos los tiempos. No le faltan, en consecuencia, razones para ser considerado un maestro de este tiempo»[3]. En paralelo a este reconocimiento del parnaso, se trata de un autor muy aplaudido por los críticos literarios y los estudiosos de la poesía en general. No en vano, recibió el Premio de la Crítica por Curso superior de ignorancia.

Su poesía, normalmente en verso blanco, pero que emplea también formas tradicionales asonantadas o incluso el soneto, aborda de forma habitual los asuntos de mayor hondura. De esta manera, en ocasiones afronta cuestiones éticas, llegando a expresar una autentica épica del existir como resistencia, en la que arrostra los desengaños mundanos con la experiencia de su Fe; también resulta a veces un poeta melancólico, recurriendo a la evocación de su Ítaca particular en la nevada Wyoming de sus admirados héroes del cine de género Western, o volviendo la mirada sobre su infancia; y en otros momentos se torna contemplativo, a partir de paisajes de su Galicia natal o tomando elementos del ambiente urbano. De la misma manera son abundantes en él los versos de carácter metapoético; y los de temática religiosa, afrontados casi siempre sin la mediación de referentes confesionales, si bien no faltan aquellos en los que aparece algún motivo de su Fe católica.

En su escritura confluyen la vocación técnica, disimulada deliberadamente, y la figurativa. En general emplea un lenguaje que disiente de la originalidad; recurre a menudo a la intertextualidad, evitando así ocultar las fuentes con las que dialoga en sus versos; fomenta el coloquialismo, sin dejar de ofrecernos enrevesados malabarismos verbales; se recrea en la intimidad; hace uso de una fina y punzante ironía ¾capítulo éste que el poeta despliega una maestría admirable¾ y resulta de fácil comprensión, pues su decir poético responde en su mayoría a una escritura de línea clara. Todo este despliegue se sustenta formalmente mediante el empleo de paralelismos, reiteraciones, paradojas, y un agudo conceptismo que refuerza el sentido irónico de su discurso y, con frecuencia, la incorrección política de su contenido. 

 

En este sentido, conviene señalar que después de Miguel d’Ors en España ha sido mucho más fácil escribir versos desde esta incorrección política y posicionamientos abiertamente católicos. Como dice Miguel García Posada, la poesía de d’Ors «es uno de los mejores logros de la poesía española de estos años por la conjugación de visión cristiana y familiar, pero no confesionalista ni ternuroide, y de expresión coloquial, cordial, pero que no se devalúa en fórmulas triviales»[4]. Yo añadiría, además, que buena parte del impacto de su escritura tiene que ver con su sentido crítico, y el acento de verdad humana y sinceridad poética que emana de sus composiciones; con la reivindicación de la necesidad de experimentar un verdadero sentido en la existencia y, por lo tanto, en el quehacer artístico, expresada a menudo por la vía del zarpazo irónico, nada amable ni condescendiente, lo que en su conjunto supone un desafío a la cultura imperante. Esta actitud valiente le ha valido durante casi dos décadas de andadura literaria un cierto aislamiento, hasta que en 1987 la aparición de Curso superior de ignorancia comenzó a cambiar esa tendencia. No obstante, todavía hoy, se trata de un autor en el que su aparición en numerosas citas de otros poetas o críticos es inversamente proporcional a sus escasas comparecencias en los medios de comunicación. Sea como fuere, Miguel d’Ors vive con intensidad los sentimientos esenciales de su momento histórico desde una fidelidad a su propia identidad que le permite experimentarlo, juzgarlo y arriesgar una hipótesis de significado que ofrece con generosidad a sus lectores, tendiendo, así, una mano a la mentalidad hegemónica, que, si a nuestro autor le duele, es porque le importa y desea contribuir a mejorarla.

Miguel d’Ors es un poeta como pocos en la actual España del siglo XXI, y un verdadero clásico de nuestro tiempo y su mundo literario.

 

 

[1] Miguel d’Ors, Hacia otra luz más pura, Renacimiento, Sevilla, 1999; cita Enrique García Máiquez, 2001 (Poesías escogidas), Númenor, Sevilla, 2001, p. 30.

[2] Enrique García Máiquez, op. cit., p. 29.

[3] Íbid.

[4] Miguel García Posada, La nueva poesía (1975-1992), Barcelona, Crítica, 1996, p. 34



Bibliografía esencial

 

-                     CADELO, Ángel y ESTEBAN, Ángel: Miguel d’Ors y los Bachilleres del siglo XXI.

-                     D’ORS, Miguel: 2001, Poesías escogidas, Sevilla, Numenor, 2001.

-                    Abelmartin.com: Miguel d’Ors [en línea]:
<http://www.abelmartin.com/aper/ors/ors.html> [Consulta: 15 junio 2007]. 

-                     Poesía Digital: Entrevista con Miguel d’Ors [en línea]:
<http://www.poesiadigital.es/index.php?cmd=entrevista&id=7> [Consulta: 16 junio 2007]. 

 


                           
 
 

                                                                                                      

Ángel Guinda


El poeta es un condenado a la claridad y al canto.
[1]


            Nace en Zaragoza en 1948. Reside en Madrid, donde ejerce como Profesor de Lengua y Literatura en Enseñanza Secundaria. Desde la década de los setenta hasta la actualidad nos ha entregado una obra poética existencial, minimalista y numerosa, mediante su publicación en revistas y poemarios. Asimismo, es autor de las colecciones de aforismos Breviario, 1980-1992 (1992) y Huellas (1992); de los manifiestos Poesía y subversión (1978) y Poesía útil (1994); y del  ensayo El mundo del poeta, el poeta en el mundo (2006). Ha traducido al poeta italiano Cecco Angiolieri, contemporáneo de Dante; a los portugueses Teixeira de Pascoaes, Florbela Espanca y José Manuel Capêlo; a la brasileña Ana Cristina Cesar y al catalán Àlex Susanna. En los setenta funda y dirige la colección Puyal de libros de poesía y, a finales de los ochenta, la revista literaria Malvís. En los diarios Heraldo de Aragón y El Periódico de Aragón ha firmado cientos de artículos de crítica literaria y de crítica de arte. Su referida obra en verso incluye los títulos: Vida ávida (1980-1990), Cántico corporal (1989), Conocimiento del medio (1990-1995), La llegada del mal tiempo (1995-1996), Biografía de la muerte (1996-2000), La voz de la mirada (2000-2001), Toda la luz del mundo (traducido a las lenguas de España y de la Unión Europea, 2000-2003), la autoantología La creación poética es un acto de destrucción, 1980-2004 (2004) y Claro interior (2000-2007). En la actualidad tiene en imprenta la edición canónica de su poesía completa, Poesía útil, 1970-2007. Puede consultarse una bibliografía ampliada del autor en http://www.olifante.com/guinda/biblio/index.html

            A menudo, su obra es estimada por igual entre lectores, poetas y críticos literarios, y ha recibido el Premio Pedro Saputo de las Letras Aragonesas por Biografía de la muerte. Algunas de las más actualizadas y ambiciosas compilaciones de los últimos tiempos recogen su trabajo, como la reciente Antología de la poesía española (1966-2000): Metalingüísticos y sentimentales. 50 poetas hacia el nuevo siglo  (2007).


 

                             

            Como toda gran poesía, su labor principia y termina abordando los temas clásicos más recurrentes, como el tiempo, el amor y la muerte. Tampoco desdeña la exploración metapoética. Aunque pudiera parecer una obviedad recordar la vigencia de estos intereses, deja de serlo en nuestro contexto actual, que aplaude la nadería grandilocuente y la originalidad exenta de contenido en un acto de onanismo creativo que confunde el verso con el espasmo, la literatura con el oportunismo del spot. Muy al contario, Ángel Guinda aborda su escritura desde una preocupación por lo humano que se exacerba hasta el extremo del desgarro del sujeto poético, hasta la misma implosión del yo lírico. Esta apuesta es defendida además con una gran solvencia técnica, ya sea mediante el empleo del verso libre, el poema en prosa o el verso blanco (el más abundante). También mediante procedimientos expresivos como la elipsis, el conceptismo, la sinestesia, y el uso de un lenguaje actualizado, convencionalmente nada poético. Sólo en ocasiones éste se torna más retórico o pretendidamente literario, pues en la vida, que es la inspiración de esta escritura, rige el lenguaje coloquial en la misma medida en la que a veces sucede lo contrario. En definitiva, una temática y una estética que a la postre resultan radicalmente contemporáneas.

 

            Por lo demás, se trata de una obra que, según manifiesta el autor, se mira en la de Jorge Manrique, Quevedo, Bécquer, Ungaretti, Montale, Quasimodo y Jaime Gil de Biedma; y se sustenta en tres ideas fundamentales, que ha repetido a menudo en manifiestos, entrevistas y presentaciones: la poesía como acto de destrucción; la convicción, precisando el consejo de Nebrija: «se escribe como se habla»[2], de que, antes que nada, «se escribe como se vive»[3]; y la conciencia de marginalidad del que protagoniza la búsqueda de un lirismo profundo, condenándose así a esclarecer el mundo, y a cantarlo. Con la primera de estas ideas nuestro Ángel resulta un exterminador ¾y así lo han definido algunos¾ que busca liquidar lo establecido para edificar un orden nuevo, exento de prejuicios distorsionadores de la realidad del hombre, y guiado por el aroma de lo verdadero. Quiere decirse que el carácter aparentemente destructivo de su quehacer surge de una vocación por el riesgo y la hondura, en el que cada palabra se sopesa y orienta para dotar al poema de la máxima intencionalidad ética y estética. Ángel Crespo lo explicaba aseverando que esta poesía es «removedora de obstáculos a la vida, antes que mensajera de aniquilación; desordenadora, no del orden natural, sino del desorden con que han intentado suplantarlo los maniqueos de todos los tiempos»[4]. Nosotros añadimos que este proceder, basado en el efecto de los contrarios, sitúa a nuestro poeta en las antípodas del nihilismo. Así, llegamos a la conclusión de que Ángel Guinda escribe como vive, el segundo aspecto esencial de su escritura según se ha mencionado. Una avidez de vida y experiencias propias que nos revela en la obra el espacio común de nuestras vidas, la hechura de nuestros deseos, frustraciones, esperanzas, dudas y certezas. Por último, en la resultante de las dos vías trazadas, que acabamos de explicar, encontramos la tercera que hemos señalado. Según ésta, el poeta se siente impelido al canto, a la poesía, pues tanta vida, que como a menudo expresa el autor es también tanta muerte, no puede sino ofrecerse, brindarse. En este sentido, se le ha definido como un poeta maldito, condenado a poetizar cuanto le sale al paso. Sin embargo, nos parece más acertado considerar este malditismo como la sombra que sobre su trabajo proyecta la tentación del ensimismamiento que, sin embargo, no llega a materializarse. De hecho, el propio autor ha denunciado este peligro en su ensayo El mundo del poeta, el poeta en el mundo. Hablamos de la pretensión de que la poesía cree un estado mejor de la realidad y, por lo tanto, mejor que la realidad; y el olvido de que, como nos recuerda Víctor Moreno, lejos de ser así, el verso es «una posibilidad expresiva más que tenemos a nuestro alcance»[5] y, como tal, «no es mejor ni peor que otras»[6]. De esta forma, entendemos que si Ángel Guinda manifiesta escribir contra la realidad, no es porque la deteste, sino porque reconoce en ella su incapacidad para responder a su propio grito existencial, lo que en última instancia no le hace renegar de lo que existe, sino perseguir ¾casi implorar¾ un principio de respuesta, algo que le desvele su verdadero claro interior, como reza el título de su último poemario. La constatación, en definitiva, de que lo real es signo de otra cosa. No en vano en el poema «La realidad» se explica que, a pesar de escribir contra ella, y ni siquiera saber si existe, ésta persiste «y esto sí es un misterio»[7]. Todo esto parece confirmarse, además, en una trayectoria servida en dos etapas: la que concluye con el libro Biografía de la muerte y la que sigue a este volumen. La línea divisoria entre ambas estaría trazada por el encuentro con la voz de la mirada, nombre de otra de sus entregas, y punto de inflexión hacia una poesía «camino del misterio»[8].

            Si en Ángel Guinda ha sido posible este itinerario, qué no será posible. Los lectores aguardamos con expectación el devenir de su trabajo, lo que ya es decir mucho de un poeta.


[1] Ángel Guinda, El Mundo del Poeta. El Poeta en el Mundo,  Olifante, Zaragoza, 2007, pp. 7-8.
[2] Ángel Guinda,  Poesía y Subversión: Manifiesto del 78, Zaragoza, Olifante, 1978; cit. Vida ávida, edición bilingüe en búlgaro y español, trad. Rada Panchovska, Sofía, Próxima RP editorial, 2006 p. 88
[3] Ibid.
[4] Ángel Crespo. Las cenizas en flor, Madrid, Júcar, 1987; cit. Vida ávida, edición bilingüe en búlgaro y español, trad. Rada Panchovska, Sofía, Próxima RP editorial, 2006, pp. 97-98.
[5] Víctor Moreno (2007), “Lugares comunes sobre el hecho poético”, Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, 2007, pp. 1-3.
[6] Ibid.
[7] Ángel Guinda, Claro interior, Zaragoza, Olifante, 2007, «La realidad».
[8] Ángel Guinda, El mundo del poeta, el poeta en el mundo, Zaragoza, Olifante, 2006, p. 10.



Bibliografía esencial

-               GUINDA, Ángel: El mundo del poeta, el poeta en el mundo, Zaragoza, Olifante, 2006.

-               GUINDA, Ángel: Vida ávida, edición bilingüe en búlgaro y español, trad. Rada Panchovska, Sofía, Próxima RP editorial, 2006.

-               GUINDA, Ángel: Poesía útil, 1970-2007, Zaragoza, Olifante, en prensa.

-               ARROYO FRAILE, Raquel; MURO SUBÍAS, Inmaculada; "Ángel Guinda", [en línea]: en olifante.com <http://www.olifante.com/guinda/biblio/index.html> [Consulta:1 septiembre 2007].


          

-     © FOTO DEL AUTOR: Olifante. Ediciones de Poesía



                                                                                                      

Eloy Sánchez Rosillo

La poesía (...) nos pone en contacto con los enigmas del vivir y nos anima a mirarlos de cerca, a meditar sobre ellos y a adoptar consecuentemente actitudes y conductas. [1]

 Nació en 1948 en Murcia, ciudad en la que reside y trabaja en su universidad como Profesor de literatura española. Su obra poética, creada a lo largo de más de treinta años, se recoge en los volúmenes Maneras de estar solo (1978), Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989; segunda edición, 1989), el recopilatorio Las cosas como fueron, 1974-1988 (1992; segunda edición, 1995), La vida (1996; novena edición, 2007), el también recopilatorio Las cosas como fueron, 1974-2003 (2004), La certeza (2005) y la antología Confidencias (2006). En la actualidad tiene un nuevo poemario en prensa. A su vez, es autor del ensayo La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda (1992) y es responsable de una antología de la poesía de Andrés Trapiello, El volador de cometas (2006). Además, ha traducido una compilación poética de Giacomo Leopardi.  Su poesía ha sido traducida a diversos idiomas.

 

Tras una larga etapa de formación, que se prolongó durante cerca de diez años y cuyos versos renunció a publicar por considerarlos de aprendizaje, se dio a conocer con Maneras de estar solo, su primer libro de poemas, con el que resultó ganador del premio Adonais en 1977. Con posterioridad, y a pesar de que el autor reconoce que el Adonais es la única ocasión en la que ha concursado por iniciativa propia en un certamen, volvió a recibir un premio, el de la Crítica del año 2005, por su libro de poemas La certeza, circunstancia que subraya el gran interés y aprecio que su obra suscita entre la crítica y los lectores en general.


          


 

          El sustento métrico de la poesía de Eloy Sánchez Rosillo es mayormente el verso blanco en forma de silva libre impar, en la que se emplean o combinan heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos. En ella tienen cabida de forma mucho más esporádica algunos poemas asonantados, inclusive romances; algunos poemas en prosa; y poemas en octavas reales; así como poemas breves de tres o cuatro versos. Con este andamiaje métrico la poesía de Sánchez Rosillo aborda un amplio espectro temático que gravita en torno a dos ejes fundamentales: la elegía o lamento por lo que el tiempo se lleva y la poesía hímnica o celebrativa (de forma más evidente a partir de La certeza), conviviendo con frecuencia ambas modalidades. De hecho, para el poeta murciano las dos perspectivas se manifiestan como los dos puntos de vista de una misma actitud, cuya única diferencia es el horizonte temporal desde el que, en definitiva, se entona un canto de amor profundo y conmovido por la vida. Así, tal y como afirma el propio Sanchez Rosillo «La poesía hímnica celebra la alegría de vivir y la hermosura del mundo presente, mientras que la elegíaca efectúa similar celebración retardadamente, es decir, cuando lo que se pretende celebrar se encuentra ya concluido y en el pasado, en un más o menos remoto pretérito, y de ahí se deriva por cierto su lamento y su tono melancólico»[2] De esta manera, los diferentes motivos de su poesía, ya sean la pérdida del padre, la casa de la niñez, las relaciones familiares, el mundo del amor y los afectos, algunas ciudades visitadas, la naturaleza, la antigüedad y las cuestiones metapoéticas, son objeto de su canto verdadero, de la puesta en escena de un autentico entramado de visión poética y belleza existencial. Para ello nuestro poeta emplea un decir claro, actitud que se ha ido acrecentando libro tras libro, hasta dotar a sus versos de un despojamiento que, por otro lado, no cede ante la tentación del minimalismo, en el peor de sus sentidos. Quiere decirse que en Rosillo el poema huye de la anorexia expresiva y exhibe toda la sensualidad de lo corpóreo. De esta manera se despliega un repertorio de «compleja sencillez»[3] tal y como en alguna ocasión lo ha definido Javier Díez de Revenga. Podríamos también distinguir aquí la naturalidad del lenguaje, su equilibrado sentido del ritmo, su respiración armónica y grave, interpretando una música cuyo sonido es el de un coro en el que se singulariza una voz de extraordinaria profundidad y hondura. Un todo que, cuando menos, nos remueve el ánimo, y que en sus mejores momentos nos abate por su verdad, contundencia y sinceridad.

 

          Por lo demás, nos encontramos ante una poesía de anclajes diversos en la que  la mayoría de los estudiosos reconocen como más palpables las influencias de Antonio Machado, algunos clásicos españoles, como seguramente San Juan o Juan Ramón Jiménez, y el italiano Leopardi, por citar algunos ejemplos. No obstante, como dice Andrés Trapiello si «Machado “canta lo que se pierde” y Leopardi logra consolarnos con el fruto de su desconsuelo, Sánchez Rosillo, que tiene con ambos poetas honda y vieja relación, hace que miremos nuestra vida diaria, un tanto oscura, rutinaria y apartada, como origen de un lampo irrepetible.»[4] Se trata, en definitiva, de una puesta en escena poética, en el momento actual de la poesía española, al servicio de la conmoción, que apuesta por el nudo argumental del poema y su pulsión hecha canto, en una compleja unidad en la que no hay concesiones al lucimiento poético gratuito, distraído del conjunto. De hecho, en la poesía de Eloy Sanchez Rosillo nada puede valorarse de forma asilada, pues las diferentas piezas de su urdimbre funcionan como un entramado compacto que nos transmiten una particular sensación de unidad y disolución imposible. Curiosamente esta poesía se gestó y creció en un contexto, el de la generación de la que se ocupan estas revisiones antológicas (ver Nuevos clásicos en la poesía española contemporánea), en la que predominaba la estética novísima, el experimentalismo y la poesía pura, usos todos en las antípodas de esta poesía, lo que manifiesta la actitud absolutamente fiel de su autor a sus convicciones, al margen de modas y consensos formales, contribuyendo junto con otros autores significativos a inducir una mutación profunda de los fundamentos poéticos imperantes de su generación, que consolidarían los miembros de la siguiente.

 

 

[1] Eloy Sánchez Rosillo, Poética y poesía. Eloy Sánchez Rosillo, Fundación Juan March, Madrid, 2005, pp 25-26.

[2] E. Sánchez Rosillo, op. cit., p. 32.

[3] Franciso Javier Diez de Revenga, «Poesía y concepto de la poesía en Eloy Sánchez Rosillo», [en línea]:  en cprmurcia1.com.

<www.cprmurcia1.com/LITERATURA/Documentos/ESRDIEZDEREVENGA.doc> [Consulta: junio 2008].

[4] Andrés Trapiello. «El fulgor de este tiempo. (Apuntes sobre Eloy Sánchez Rosillo)». En Eloy Sánchez Rosillo. Confidencias, Sevilla, Renacimiento, 2006, p.22.


 

 

Bibliografía esencial

 

-                     SÁNCHEZ ROSILLO, Eloy:  Las cosas como fueron (Poesía completa, 1974-2003),  Barcelona, Tusquets Editores, 2004.

-                     SÁNCHEZ ROSILLO, Eloy: Poética y poesía. Eloy Sánchez Rosillo, Madrid, Fundación Juan March, 2005.

-                     TRAPIELLO, Andrés: Eloy Sánchez Rosillo. Confidencias, Sevilla, Renacimiento, 2006.

-                     DIEZ DE REVENGA, Francisco Javier«Poesía y concepto de la poesía en Eloy Sánchez Rosillo», [en línea]:  en cprmurcia1.com. <www.cprmurcia1.com/LITERATURA/Documentos/ESRDIEZDEREVENGA.doc> [Consulta: junio 2008].

 

 

                                                                                                      

Enrique Gracia Trinidad


“La poesía sería sublime si los poetas no nos empeñásemos en escribirla."
[1]


            Nacido en Madrid en 1950, es autor de una obra poética extensa, que ha crecido en paralelo a su actividad profesional en el ámbito cultural como conferenciante, rapsoda, actor de voz, profesor de talleres literarios, coordinador de certámenes y colaborador en distintos medios de comunicación. Debido a esta implicación laboral  y literaria, es autor de numerosos artículos, biografías, guiones para actos culturales, textos para catálogos y conferencias. Dirige el ciclo de recitales “Poetas en vivo” de la Obra Social de Caja Madrid en la Biblioteca Nacional Española, que se viene celebrando desde 1996 ininterrumpidamente. Ha compilado los autores de estas lecturas hasta 2001 en una antología homónima. Asimismo, preparó junto a Xu Zonghui la antología bilingüe español-chino de poemas de la China medieval, Cantos de amor y de ausencia (2002).  Es autor de los libros de poemas Encuentros (1973), Canto del último profeta  (con adaptación musical en el disco Abolición, 1978; plaqueta no venal, 1988), Crónicas del Laberinto (1992), A quemarropa (1993), Restos de Almanaque (1994), Tiempo de Apocalipsis (en Contrafábula. Poesía 1973-2004, 2004), Historias para tiempos raros (1995), La pintura de Xu-Zonghui (1995), Siempre tiempo (1997), Contrafábula. Poesía 1973-2004 (2004), Todo es papel (2002), Juego de Damas (no venal, 2005), Sin noticias de Gato de Ursaria (2005). También, en colaboración con otros autores y artistas plásticos, es responsable, entre otros, de los títulos Agenda de Mozart (2006) y Madrid, otra mirada (2007). Recientemente, Enrique Viloria compiló la antología de su obra La poética del Vértigo (2007). En la página Web del autor, www.enriquegracia.net, puede consultarse información detallada de su actividad literaria.

   

         Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios de carácter nacional, entre los que destacan el Feria del Libro de Madrid, el Blas de Otero, el Bahía, el Juan Alcaide o el Emilio Alarcós, por solo citar algunos; siendo éste el medio que ha elegido para publicar la gran mayoría de sus poemarios.



         



         La atención prioritaria de su poesía se dirige hacia todas las cuestiones humanas, siempre de una forma cruda y directa. Con vocación de testigo, sin merodeos, EGT se enfrenta con los asuntos de carácter vital a quemarropa, haciendo suyo el célebre verso de Terencio. De esta forma, su poesía nos arrastra por el fango de la vida/escritura, que si nos interesa es porque nos mancha, y nos lleva a empujones hasta el lugar de nuestros desasosiegos e incertidumbres, con una ternura y cercanía que acaban siempre por atraparnos y hacernos cómplices. La dualidad entre desencanto y esperanza recorre su obra, en la que el amor es a menudo el desengaño de la experiencia amorosa, pero también un centro de atención permanente; Dios, un exiliado de lujo, al que se le considera distante, lejos, pero que, aún así, parece desearse cercano, e incluso se le invita a sentarse a un lado; la soledad, una constante, pero también un inagotable caudal de inspiración; la cotidianidad, un motivo de fastidio y regocijo; la tristeza, la protagonista indiscutible de sus poemas, a menudo tratada, no obstante, como un trampolín desde el que tomar impulso para zambullirse de lleno en la vida; y, el tiempo, una inclemencia, algo tan raro como permanente y certero. Por último, la escritura, una mirada acerca del hombre y su realidad, un gesto de amor, una acción, sobre la que, sin embargo, se reflexiona mucho en un libro entero, Todo es papel, en el que encontramos buenos ejemplos de metapoesía. En definitiva, como dice José Pulido,  «la poesía de Enrique Gracia Trinidad, tiene un valor intrínseco, es como un aguacero o una fruta. Chisporrotea, crepita, endulza, acuña amarguras y dulzuras, después que ha logrado fluir desde el hombre»[2], y añade: «esa poesía lo tiene todo. Si fuera una vacuna nos salvaría de la desesperación, desesperándonos. Si fuera una música nos rompería los tímpanos tiernamente. Si fuera una oración, llegaríamos a conversar con lo sublime y obtendríamos respuestas universales en el centro de una plaza municipal. Si fuera un aliento estaríamos amándonos.»[3]

         Por lo demás, esta escritura, de influencias numerosas y diversas, nos recuerda en no pocos aspectos a buena parte de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo pasado. No en vano, el autor ha declarado en más de una ocasión su admiración por Walt Witman, padre literario de mucha de la lírica estadounidense de ese periodo, de la que aprecia sobre todo la obra de Lawrence Ferlinghetti. Pero donde más reconocemos a EGT es en la tradición satírica y oral de los clásicos españoles. En el primero de los casos, el autor ha expresado a menudo su filiación con los grandes cultivadores de la ironía desde el Arcipreste de Hita hasta los escritores del siglo de Oro. En el segundo, su poesía se entronca con una larga tradición de poetas rapsodas, entre cuyos integrantes se encuentra el zamorano León Felipe, por el que sintió un gran interés a finales de los años sesenta tras la lectura de su Antología rota. También ha confesado el influjo que sobre su trabajo han ejercido los versos de Pablo Neruda, César Vallejo, Miguel Hernández, Blas de Otero y Jaime Gil de Biedma, entre otros.

         En definitiva, nos encontramos ante una poesía sobre la que su maestro Juan Ruiz asevera que si tuviera que definirla «no diría “ternura”, no diría “ingenio”, no diría “desgarro”, no diría “humor”, aunque todas ellas convienen a la obra del madrileño. Elegiría “riesgo, originalidad” y”ternura”.»  Una originalidad, riesgo, cercanía con el lector, lenguaje cotidiano y profundo sentido humano, que emplazan la obra de EGT, en plena efervescencia creadora a sus cincuenta y ocho años, en un lugar destacado del actual momento poético español.

 

[1] Enrique Gracia Trinidad, Enrique Gracia Trinidad, Aforismos y frases, [en línea]: en enriquegraica.net [Consulta: enero 2008].

[2] José Pulido. A manera de prólogo. La poesía es tiempo de gracia. En La poética del vértigo, Sevilla, Jirones de Azul, 2007, p. 15.

[3] Op.cit., p. 16.

[4]Juan Ruiz Torres. Desgarro y ternura del poeta Enrique Gracia Trinidad. En la publicación «Ediciones Blancas», nº 47, Madrid, Asociación Prometeo de Poesía, no venal, 2006, p. 5.

 

Bibliografía esencial

-                 GRACIA TRINIDAD, Enrique: Contrafábula, Poesía 1973-2004, Madrid, 2004.