ENTRE MANOS

10/oct/2013 - Reseña de "John Berguer. Poesía 1955-2008". Edición y traducción de Pilar Vázquez, Nacho Fernández R. y José María Parreño, Círculo de Bellas Artes, 2014

Publicada el 14 Ee octubre Ee 2014 a las 0:35



Acaba de aparecer la reseña «Del color de sus alamas» que he escrito para el núemro 61 de la revista El Cuaderno, que edita Trea, sobre la poesía de John Berguer con traducción de de Pilar Vázquez, Nacho Fernández R. y José María Parreño y editada por Círculo de Bellas Artes, 2014.


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Tenéis toda la información sobre el número 61 AQUÍ. Os dejo a continuación la reseña para el que no tenga acceso al número:




Del color de sus almas


John Berger. Poesía 1955-2008
Traducciones de Pilar Vázquez, José María Parreño y Nacho Fernández R.
Edición de Jordi Doce y Nacho Fernández R.
Círculo de Bellas Artes, 2014. Colección «La Voz del Poeta».
272 páginas + CD.


 

Esta cuidada publicación de la poesía de John Berger (Londres, 1926), que edita el Círculo de Bellas Artes, se la debemos a Jordi Doce y Nacho Fernández R., en las bambalinas preparatorias; y a Pilar Vázquez, José María Parreño y el propio Nacho Fernández R., como artífices de las traducciones, encargándose la traductora de las dos terceras partes de estas. En rigor, viene a suponer la primera muestra de la obra poética (casi) completa vertida al castellano del afamado escritor británico. Como precedentes en versión original de la poesía del autor, contamos con un único libro publicado por el londinense, Pages of the Wound: Poems Photographs Drawings 1956-94, acompañado de dibujos y fotografías firmados por él mismo, editado en 1994 y reeditado posteriormente con más composiciones poéticas y gráficas; y, en castellano, con Páginas de la herida: antología poética (trad. de Pilar Vázquez, Ed. Visor, 1996), textos que la presente edición incluye en su totalidad con traducciones revisadas y a veces reescritas según explica la propia Pilar Vázquez, junto a versos de producción posterior hasta 2008. La compilación se acompaña de un CD con veintiún poemas grabados por Berger en 2010 durante una de sus visitas al Círculo de Bellas Artes (recibió la Medalla de Oro de esta institución en 2006), cuya lectura subraya la versatilidad de la lengua de Milton, ya sea para la poesía, el pop o para declamar la guía telefónica, si fuera necesario. Como sabemos, el inglés es siempre de una plasticidad eufónica que en la voz de nuestro autor recitando sus versos supone un aliciente añadido para acercarse a este volumen.


Del literato, primero artista (estudió arte en la Central School of Art de Londres, y a los treinta años dejó de pintar para dedicarse más decididamente a la literatura), es bien conocida su trayectoria narrativa y ensayística, especialmente a partir de libros como G., ganadora del prestigioso Booker Prize en 1972, y del ensayo de introducción a la crítica de arte Ways of Seeing (Modos de ver, trad. Justo G. Beramendi, Ed. Gustavo Gili, 2001), un verdadero manual de referencia para los amantes de la historia del arte. En general se trata de una andadura literaria bastante marcada por el compromiso social y político de su autor pues, según comenta el propio Berger, en las postrimerías de los años cincuenta, en plena Guerra Fría, sintió la necesidad de decir algo desde las filas de la literatura. No en vano, fue militante del partido comunista británico, se autoexilió en los Alpes franceses por no encontrar acomodo cultural satisfactorio en su Londres natal y, aún hoy, si bien se reconoce más alejado de sus postulados comunistas de antaño, continúa manifestándose marxista.


En cualquier caso, uno de los aspectos que más llama la atención de la poesía que nos ocupa es que, sin renunciar el escritor en ella a sus convicciones políticas y su vocación por la denuncia social (como vemos, por ejemplo, en el homenaje al ministro de Allende O. Letiler: «Orlando Letilier. 1932-1976», págs. 73-77), evidencia estar escrita por alguien que conoce bien el poder de la palabra poética para urdir un entramado lírico profundo con el que indagar la realidad y transcenderla. Y lo hace desde una voz absolutamente personal y reconocible, que emplea un lenguaje delicado y sutil para servirnos un destilado de emociones y transfiguraciones obrado en y para lo intemporal, como nos sugiere el poema «Agujero» (pág. 261): «Hacer un agujero / a través de / una piedra / hilvanarla / llevarla colgada / anuncia inmortalidad / la piedra puede ser / lenguaje / el agujero, poesía». También empleando un despliegue versal en el que escasea la puntuación, no se renuncia a la rima en el original inglés y se hace un uso bastante controlado de los recursos, donde, si acaso, se recurre a la evocación alegórica. Una suerte de metáfora continuada, elegante, tenue y aguda, al servicio de una textura lírica en la que albergar una emoción, una reflexión o un estado de ánimo, según el caso, que parecen prefijados de antemano como objetivo de las composiciones, como búsqueda a través del lenguaje de un interés comunicativo muy concreto. Y es precisamente en esta técnica, que se emplea para casi todos los motivos que la poesía de Berger nos propone, donde más patente se hace la impronta del narrador.


Ya sean los asuntos de sus poemas los del desencanto postindustrialización, nostálgico de un mundo perdido, después azotado por la técnica: «Los agrónomos de apuntados zapatos / saltan sobre el perro muerto / arrastrado hasta la cuneta / y entrando en un campo se agachan / a examinar un puñado de tierra negra / …/ y los campesinos de guata remendadas / los miran y se preguntan: / ¿qué esperarán encontrar / en nuestra tierra?», leemos en «La llanura Maritsa» (pág. 187). Ya sean dichos motivos los de esos textos ruralistas que simplemente evocan con melancolía el tiempo pasado al que nos referimos, y en los que más y mejores ejemplos hallamos de la poesía del de Londres, pues por estos Poemas transitan todo tipo de remembranzas de elementos procedentes del campo y la naturaleza, donde, por citar algunos, destacaríamos: «Cucharón» (pág. 90), «Puesta de sol» (pág. 100), «Patatas» (pág. 103), «Pascua» (pág. 105), «Caballo» (pág. 145) o «Cada pino al anochecer » (pág. 181), en el que leemos: «Cada pino al anochecer / aloja al pájaro / de su voz / perpendicular y quieto / el bosque / indiferente a la historia / como una piedra imperturbable / repite / con entusiasmo febril / la vieja historia / de la puesta de sol». Ya sean aquellos que rememoran la Primera Guerra Mundial por cuanto esta supone de inflexión de un cambio de mentalidad y modelo de sociedad de la preindustrialización a la industrialización, como vemos en «Autorretrato 1914-1918» (pág. 41), sin ir más lejos. Ya sean los cumplidos homenajes a diferentes personajes, además del citado Letilier, como los que dan título a «Muerte de Nan M.» (pág. 107), «Robert Jorat» (pág. 237) o «Tonio» (pág. 263), por ejemplo. Ya sean sus poemas bélicos, marcadamente antibélicos, ya que nos hablan de la desolación que enciende la barbarie de la guerra, tal y como se observa en «Ypres» (pág. 45). Ya sean las referencias al mundo del arte y sus obras: «Autorretrato de Rembradnt» (pág. 67), entre otras. A los que habría que añadir sus poemas de amor, con bellos ejemplos como «En tu isla» (pág. 171), «El cuero del amor» (pág. 189), «Viejo poema de amor» (pág. 197) o el hermosísimo «Una camisa colgada de una silla» (pág. 235), por citar algunos. O esos otros de textos que simplemente rescatan del olvido lo cotidiano, con algunos de los versos más significativos de una poética empeñada en subrayar lo humilde y pequeño para devolvérnoslo nuevo y transformado, como en «Sin título» (pág. 69) cuando reza: «oriento el pez / para así poder ver / su ojo / y el envite de su cola // coloco / el dedo meñique / entre las mandíbulas / del animal marrón // la tercera piedra la levanto / y sostengo detenidamente / para volver a dejarla en la mesa / así // se me perece solo lo que es», para referirse a tres simples piedras, verdosa, marrón y gris oscura, respectivamente. También, incluso, las reflexiones, nada escasas, sobre el papel de la palabra poética: «Pájaros como letras alzan el vuelo / ─sí, alcemos el vuelo─ / se ciernen en círculos y se posan en el agua / junto a la fortaleza de lo ilegible», se nos dicen en los versos de «Páginas» (pág. 55), a los que habría que sumar los de los del díptico «Palabras» (págs. 83-85) o la composición «De viva voz» (pág. 87). Por último, no podemos dejar de referir de entre la trama de sus preocupaciones poéticas aquellos aspectos antropológicos que acarrea el cambio de mentalidad y la transformación social comentada. De entre ellos, nos parece subrayable el tema de las prosas poéticas «Doce textos sobre la economía de los muertos» (Págs. 175-179), un lúcido y aleccionador lamento acerca de la censura por parte del hombre de hoy de la realidad de la muerte como parte de la vida: «Mientras el capitalismo no deshumanizó la sociedad, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era su futuro último. Por sí mismos eran incompletos. Así, vivos y muertos eran interdependientes», leemos.


Más allá, la poesía de nuestro escritor ha gustado de dialogar con otros géneros artísticos, en una actitud de libertad formal que no han dudado en señalar a menudo los estudiosos de su literatura. No solo por el protagonismo que alcanzan algunos pintores como personajes de sus versos, entre los que se encuentran el ya citado Rembradnt y al que habría que sumar los ejemplos de Giorgone o Johannes Vermeer, sino porque algunos de los textos originales de sus Pages of the Wound: Poems Photographs Drawings 1956-94 no son meros aderezos de un libro con ilustraciones, sino que lo son solo en función de algunas obras gráficas de Berger. Tal es el caso de los memorables fragmentos de «Ramurian» (págs. 29-39) sobre dos fotografías del autor; nueve bellas muestras que cantan a la naturaleza y el erotismo con una sutileza y plasticidad incuestionables. Elegancia y sensualidad que se repite en el díptico «Dibujo» (págs. 245-247). De hecho, si hay otro aspecto que no debe obviarse en la poesía del inglés es el protagonismo estilístico que concede a la imágenes en sus composiciones; los trazos de palabras sobre el lienzo de sus textos con los que consigue cuadros de hermosura indudable, como venimos diciendo. ¿Cómo sino calibrar expresiones como las ya referidas o, por citar otras, estas del mencionado «Pascua» (pág. 105)?: «De noche a los carámbanos / les crecen dientes / de transparente roedor / por el día babean / el alimento que les dio la nieve».


Podemos especular sobre el lugar que ocupa en las letras inglesas la breve poesía publicada por Berger, eclipsada en gran medida por su dimensión como destacado prosista de ficción del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como por su prolijidad ensayística, pero al final siempre nos tropezaremos con las reflexiones con las que el propio escritor se ve dentro de dicho panorama y que vienen a subrayar una humildad y paciencia que se reflejan en la calidad de su trabajo poético. Para Berger, el poeta no se autoproclama como tal, sino que únicamente le corresponde al lector el privilegio de señalar tal identidad y destacar si sus poemas merecen dicho tratamiento. Pensamientos que hay que considerar junto a su obra, para vencer la tentación de encasillar a Berger en un determinado contexto poético por el hecho de que su impregnación literaria sea de ascendencia política. Ya que según hemos explicado aquí, esta poética trasciende lo coyuntural y lo ideológico, transformando su grito contra la injusticia, la desigualdad y el capitalismo en un rezo contra la destrucción del tiempo y lo banal, antes que en cualquier otra cosa. Pues, como el poeta manifiesta en el prefacio del libro al explicar la ordenación cronológica de los poemas, la palabra inglesa para «cuenta» o «abalorio», como cada uno de los setenta y dos textos de esta compilación escritos a lo largo de sus cincuenta años de dedicación poética, es bead, que deriva de la forma medieval bede, bed, gebed, cuyo significado es ‘oración’. Unas cuentas que los son de una jaculatoria de «voces / que aúllan al caer como cascadas» («Páginas de la herida», pág. 259) para suplicar por ese «verde», que «tiene el color de sus almas / y llega como un don» («Réquiem», pág. 225).

 

Pablo Luque Pinilla, agosto de 2014.


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