ENTRE MANOS

1/oct/2018 - Reseña de "La voz que me despierta" de Beatriz Villacañas ("Ibi Oculus", 2018)

Publicada el 1 Ee octubre Ee 2018 a las 14:40

En el último número de Ibi Oculus está colgada mi reseña de "La voz que me despierta" (Ediciones Vitruvio, 2017), el último poemario de Beatriz Villacañas.


Reseñar es un deporte y, a veces, un vicio. Lo siento, no lo pude evitar...


Va aquí abajo íntegra:


La voz que me despierta, Beatriz Villacañas. Vitruvio, 2017.



Pablo Luque Pinilla


La voz que me despierta, el décimo de los poemarios de la autora toledana Beatriz Villacañas, fue presentado públicamente el pasado mes de noviembre en el Centro Riojano de Madrid.


Al igual que ocurre con otras entregas de la poeta, como Jazz, Dublín, El Ángel y la Física o La gravedad y la manzana, por citar algunas de las más conocidas, se trata de una colección de textos que, partiendo de una propuesta concreta, despliega un ramillete connotativo que trasciende la intención argumental de partida. En esta ocasión, el volumen orbita alrededor de la idea de la poesía como llamada, que despierta, enciende y tiraniza ―bendito despotismo el de los versos― a quienes el destino elige como portavoces. Uno de ellos no podía ser otro que el siempre recordado por la autora Juan Antonio Villacañas, padre de la poeta, que de una forma u otra aparece presente en cada nueva entrega de su hija. Si para este escritor de dilatada trayectoria e Hijo Predilecto de la Ciudad de Toledo las palabras se le ponían delante a «hablar y a hacer posturas» («La vanidad de las palabras», A muerto por persona, 1996), y no había voz que se les resistiera ni aun de noche, para nuestra poeta son esas mismas palabras, que se abren camino en el insomnio y despiertan a su progenitor, las que ejercen su influjo sobre ella. De esta manera, como si de los protagonistas de las curaciones de los evangelios sinópticos o del Lázaro resucitado en el de San Juan ―según evocara Bécquer en su Rima VII― se tratara, en el romance que da título al libro el sujeto lírico es invitado a obedecer a una voz que le pide: «¡levántate! ¡anda!» (pág. 25). Un protagonismo de la poesía que abre la puerta a otras composiciones metapoéticas en el conjunto, como «Batallando contra los mismos: profanadores de la palabra», «El espejo del cuento» o «vocación», que sustentan la trama principal del poemario tal y como hemos comentado.


Pero el valor de este volumen no se detiene en este extremo visible del cabo, sino en la inmensa longitud del hilo temático que lo recorre, como también apuntábamos. Así, esta llamada que despierta a la escritora durante el descanso no es solo la de la escritura, sino su cuestión previa; es decir, el factor ignoto que insufla aliento a la misma palabra poética. En este sentido, nos parece advertir que los versos de Villacañas adquieren aquí resonancias proféticas, lo que equivale a aseverar que recuperan perspectivas consustanciales a la mejor poesía de siempre (no en vano, la palabra «vate», que sirve para designar tanto a los poetas como a los visionarios, toma su doble acepción del latín). Se trata, en definitiva, de la decantación de lo sagrado en los poemas para que podamos escuchar la voz del misterio en la escritura: «Hay una eternidad / atada a cada uno de tus pasos, / un bosque amanecido, / mil voces y una voz clamando / en los desiertos / de tu pequeña soledad de cada día» («Caminante», pág. 11). Un hecho que se repite en textos como «Llamada», «Principio de incertidumbre», «Mi hacienda», «Diaria despedida», «Me lo dice la duda», «Pero», «La materia», «Credo», «Aceptación», «Todo», «Esperanza» o «Lo imposible», que cierra el libro, por citar ejemplos significativos. No obstante, no nos encontramos ante un poemario metafísico o esencialista ya que no son pocas las derivas figurativas que proponen algún aspecto de la realidad como punto de partida para una prospección trascendente en el poema. De hecho, esta perspectiva realista se desarrolla de dos maneras a nuestro advertir. De una parte, cantando motivos cotidianos en los que el sujeto poético acusa lo espiritual que los traspasa, ya sean estos las sombras (pág. 12) ―con ecos de las salinianas sombras de La voz a ti debida―, el pan (pág. 18), los glóbulos rojos (pág. 20), la tarde (pág. 22), la Antártida (pág. 23), la torre (pág. 44), la luz (pág. 46), el amado ―siempre el mismo y siempre nuevo ― (pág. 51), las manzanas (pág. 54) o el cerdo (pág. 59) en «Carne y escarnio del cerdo», una de las composiciones más originales del conjunto. De la otra, evocando motivos abiertamente religiosos, como por ejemplo en «Resiliencia», «Canción», «A Santa Teresa» o «El estilo de Dios», por mencionar algunos casos. Finalmente, la onda expansiva de este despliegue alcanza también a una serie de homenajes a personalidades y topónimos, ya sean estos Platón, Manrique, Carlos V, Garcilaso o Miguel Hernández, entre los primeros; o Irlanda, Nueva York, Madrid o Toledo, entre los segundos. Y a la ya habitual tensión de la autora por mezclar poesía y ciencia en sus versos, como ya sucediera en volúmenes pretéritos (pensamos, qué duda cabe, en los citados El Ángel y la física o La gravedad y la manzana, por ejemplo). Así, leemos en «Estado de gracia»: «Materia liberada de ataduras / de tiempos y de formas, / espacio sin contornos ni puntos cardinales, / la imperfección con todo su misterio, / te alivia de tu peso, / te hace manzana ingrávida / y cuerpo transparente que revela / a su ángel más íntimo.» (pág. 21), en referencia a la inclusión de una partícula que genera defectos en una cerámica para potenciar su carácter superconductor, tal y como se explica en el subtítulo del poema a modo de singular entradilla.


Más allá, todo este conglomerado de asuntos, tan vigentes como intemporales, se nos sirve en odres métricos diversos y a menudo clásicos. Se trata, de hecho, de una de las señas de identidad de la escritura de Villacañas, siguiendo en esto el camino desbrozado por su padre, conocido ―y reconocido― por su labor de recuperación de la lira para la poesía de finales del siglo pasado. De esta forma, en el libro hallamos sonetos, décimas, romances, haikus, cuartetos, redondillas, versos blancos anisosilábicos de base impar y, por supuesto, liras, dotando al conjunto de una impronta plural y eufónicamente reconocible.


En definitiva, nos hallamos ante un poemario que actualiza para nosotros una trayectoria infatigable e inspirada haciéndonos partícipes del más hondo compromiso de su autora con su vocación, y de esta con el aliento misterioso y trascendente que la anima. Así, al igual que Víctor Hugo se preguntaba si en su tumba descansaban los restos de un poeta o de un profeta, nosotros comprendemos que en la obra poética de la toledana descansa el poder visionario de una voz que no cesa de pedirnos que despertemos. De recordarnos que el valor de la vigilia ―y, por tanto, de la poesía― está en la escucha atenta y la portavocía del Misterio.



Escucho


Que hable el fantasma de tu voz,
como Hamlet a Hamlet,
que hable en la rosa o en la piedra desnuda,
o en la gota de sal de cualquier lágrima,
o en el nudo del viento.
Que hable
desde la raíz misma del asombro:
que me arranque la duda
(para siempre)
de la palabra y de su eco.

(de La voz que me despierta)


http://www.edicionesencuentro.com/ibioculus/numero-10/merece-la-pena/recomendamos-2/#voz

Categorías: Reseñas, Publicaciones

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1 comentario

Responder JamesLug
12:47 Eel 16 Ee octubre Ee 2018 
Hello